PANORAMA DESDE EL PUENTE

Honor, justicia, ley, amor, odio, impulsos irrefrenables, obsesión, pasiones, celos... con el transfondo de la inmigración ilegal en el Nueva York de los años 50.
Estos son los ingredientes de "Panorama desde el puente", una de las mejores obras de Arthur Miller. Y esta es una de las obra que vamos a representar este año en "No Es Culpa Nuestra".
En esta páginas te hablaremos de la obra, del autor, de los personajes, de la época, del entorno social, de los entresijos de un montaje tan complicado y de nuestra visión del mismo.
Si no conoces la obra o quieres conocerla más a fondo, este es tu sitio.

BIOGRAFÍAS. CATHERINE.

martes, 1 de abril de 2008

Soy Catherine, aunque a menudo me llaman Katie. Nací el 20 marzo de 1938 en Brooklyn, NY. Pero soy una americana de raíces italianas por origen materno.

La verdad, siempre he vivido en esta ciudad, primero con mis padres y luego con mis tíos Bea y Eddie.

Mis padres Nancy y Mikel murieron en un accidente cuando yo tenía tres años. Al contrario de lo que la gente cree, por lo pequeña que era entonces, tengo recuerdos en mi cabeza de mis padres, sobre todo de mamá. Tal vez porque en casa, Bea habla mucho de su hermana Nancy. Yo creo que la admiraba muchísimo. Además Bea desde siempre había puesto una foto de mamá en mi mesita de noche, del día en que se casó. Era una mujer muy hermosa, con los ojos oscuros, profundos y vivaces, y una sonrisa fresca. Eddie y Bea decían que me parecía mucho a Nancy y a mí eso me llenaba de orgullo. Crecí admirándola, soñando que algún día sería como ella, tan bella y tan inteligente. Figúrate, mamá consiguió una beca y fue a la universidad!

Todas las noches antes de dormir rezaba a mamá. Al principio rezaba con Bea; ella juntaba mis manitas y recitábamos juntas. Decía que mamá me estaba mirando y cuidando siempre y que tenía que ser buena para no decepcionarla- para mí era como una especie de ángel omnipotente-. Siempre he luchado por actuar de forma que ella, donde quiera que estuviese, se enorgulleciese de mí. Pero a veces cuando no lo logro es su culpa sumada a la mía la que alimenta mis auto-reproches…

Desde el principio Bea y Eddie me habían explicado que mis papás estaban en el cielo, aunque estaban conmigo en todo momento. Sin embargo, recuerdo un día en que esa explicación se me quedó pequeña. Venía de clase con una nueva vecina del barrio, y me preguntó por mis padres; no se conformó con que la dijera que ellos no vivían e inquirió curiosa por qué. Recuerdo que en ese momento la odié. Odié su curiosidad maldita, pero me contagió de ella. En la cena pregunté qué había pasado exactamente con mis papás. Eddie y Bea se miraron entre la sorpresa del momento y la seguridad de haberse preparado “en equipo” para este instante tiempo a tras. Empezó con un “verás Katie” algo inseguro; pero bastó una mirada de serenidad e interés, para que se diesen cuenta de que yo ya tenía once años y antes o después iba a necesitar saber más, para ser más yo misma. Bea me contó que fue un accidente de coche, que papá murió en el acto pero mamá agonizó en el hospital varios días. Me sobrecogió una imagen mental de mamá agonizando sobre la cama de un hospital. Y no hice muchas más preguntas después de tener alguna información adicional, como que yacía irreconocible, con la cara deformada, preocupada de por mí. No quise saber más.

Meses antes había empezado a tener un sueño que se repetía con cierta asiduidad, y a veces, algunas noches, todavía vuelve. La primera vez fue tras una discusión con Bea y Eddie cuando yo tenía nueve años. Había tratado de escapar a jugar al escondite cuando estaba oscureciendo con unos niños del cole. Recuerdo que pedí permiso, pero Eddie objetó que sería mejor que jugásemos los tres en casa, porque no era bueno que una niña de diez años saliese con sus amiguitos cuando estaba oscureciendo. Protesté que era invierno y que por eso las cinco, aunque oscureciendo, no era demasiado tarde…Insistí, e insistí, pero no logré convencerles de nada. Yo tenía tantas ganas de jugar, y escuchaba las voces de los niños llamándome desde calle que, decidí salir por la ventana sin que ellos me viesen. Total, no iba a pasar nada malo y no tendrían por qué enterarse. Aquella tarde lo pasé de fábula; tan, tan de fábula que, el tiempo pareció volar. Cuando se encendían las últimas farolas me di cuenta de lo tarde que se había hecho y regresé corriendo a casa. Oh, oh! Fatídica sorpresa. Al salir había cerrado la ventana de mi dormitorio! Eso quería decir que si quería volver a entrar tendría que llamar a la puerta.

El corazón empezó a latir cada vez más fuerte y las piernas me temblaban. Noté como empezaba a sudar por la espalda, mientras esperaba la respuesta a mis dos golpecitos en la puerta. Abrió Bea muy, muy enfadada. Eddie apareció desde el otro lado del salón con una mueca de entre alivio y enojo. Con el tono de voz muy elevado, me dijo que le había prometido a mi madre en su lecho de muerte que cuidarían de mí y que con mi desobediencia traicionaban su promesa. Que ellos prometieron responsabilizarse de mí, y que a mi edad yo ya era mayorcita para poner de mi parte en ello. Fue la primera vez que Eddie citó a mi madre en un reproche, desde ahí puedo contar varias ocasiones. Me castigaron sin cenar. Estuve un largo rato llorando en el dormitorio, mientras les escuchaba hablar enfadados en el comedor, hasta que caí dormida. Y fue entonces cuando tuve este sueño por primera vez, que algunas noches se repite. Ahora lo contaré. Lo cierto es que debí dormir menos de dos horas porque cerca de las nueve y media unos golpecitos en la puerta me despertaron. Era Eddie que me traía mi sándwich favorito: jamón y queso! Que me lo dio después de hacerme prometer que nunca más iba a volver a hacer algo así. Le cambió el gesto cuando le pedí perdón. No sé si Bea llegó a saber de lo del sándwich, si quiera si fue ella la que o preparó o fue Eddie. El caso es que yo sentía que Eddie y yo éramos un equipo, y le abracé.

No le conté lo que había soñado, nunca lo he hecho a nadie hasta este momento; y la verdad temo no saber transmitirlo con fidelidad.

Ocurre en un parque muy florido, lleno de de abetos y margaritas. Yo leo un cuento sentada en el césped y llega mamá con dos helados de vainilla y chocolate. Me da un beso en la frente, y me acaricia la melena deshaciéndome las trenzas que Bea me ha hecho. Mira por encima de mi hombro me ayuda a leer el cuento. Cuando acaba me pregunta cuál es la moraleja. No recuerdo ni el tema del cuento ni lo que yo la respondí pero sí se lo que ella contestó. “La moraleja, Katie cariño, es que tienes que ser buena persona y agradecida, querer a los tuyos y luchar por ser feliz”. Es curioso, pero podría describir cada gesto de su cara al decir cada una de las palabras de esa frase. Podría describir, incluso, su tono de voz…cada vez que viene a mi memoria es tan claro…En el sueño a veces la miro atónita y asiento con la cabeza, pero otras veces reacciono de otra manera, y a penas la miro. Y es que el sueño se repite a veces, en las noches más inesperadas; otras a veces trato de soñarlo y no lo logro. Como aquella noche en que Bea y Eddie me hablaron del accidente en que fallecieron mis papis. Recuerdo el angustioso sueño de aquella noche, en que mamá llegaba al parque debilitada, medio arrastrándose, con los helados de vainilla y chocolate derritiéndose entre los dedos y el rostro descompuesto de dolor… aquella noche lo pasé fatal.

Creo que desde aquel momento empecé a sentir un miedo atroz a la muerte y al paso del tiempo. A mamá le habrían quedado tantas cosas por hacer… Creo que esa noche empecé a ser consciente de que cada día, cada instante contaba, porque era uno más para ser uno menos. Ese día empecé a sentir una creciente prisa por vivir, por experimentar, por no dejar las cosas a medio hacer.

Jugaba a imaginar lo que sería algún día cuando llegásemos a mitad de siglo y fuese mayor. Al principio me gustaba jugar a ser cantante, y viajar por todo el mundo dando conciertos. Y algún día me casaría, con un vestido tan bonito como el de la foto de mamá. Sería en un hermoso día soleado, en una alfombra de flores…, el día más feliz de mi vida estaba por llegar. A menudo jugaba con mi muñequito Catalino a las bodas.

Catalino era un muñeco de trapo y madera. Con colores desgastados y el gesto inexpresivo. Con honestidad puedo ahora decir que era feo; pero yo lo adoraba.

Me lo trajo Eddie cuando regresaba de su labor en los muelles el día de mi quinto cumpleaños. “ El muñeco más bonito del mundo para la muñeca más bonita del mundo”; me lo dio envuelto en papel de traza y cuando lo abrí me hizo tan feliz!!! Eddie me dijo que habría que darle un baño porque había aparecido mirando al mar desde el puerto, tras un viaje en barco desde un país muy lejano. Mientras Bea preparaba la cena, Eddie y yo estuvimos lavándole la carita y bautizando en la bañera a Catalino. Eddie dijo que llegó navegando en un barco llamado “Catalina” desde Europa.

Desde ese día Catalino fue mi gran amigo. Dormíamos abrazados y merendábamos juntos cuando yo volvía del cole. Un día incluso vino conmigo. La profesora nos dio permiso para que llevásemos algún juguete. Recuerdo que le también le pedí permiso a Bea para llevármelo, y ella accedió, aconsejándome que lo cuidara mucho y no lo perdiera. Esa mañana antes de ir a la escuela, me desperté nerviosa, y después de asearme, le lavé también la cara a Catalino. Le coloqué su sombrerito e incluso le pinté las uñas con lápiz! Una puesta a punto para su presentación en sociedad. Era un día muy importante para él y para mí. Todo el mundo iba a desear tener a Catalino, pero era mío. Yo era la niña más afortunada del mundo. Recordaba constantemente las palabras de Eddie al regalármelo meses atrás: “ El muñeco más bonito del mundo para la muñeca más bonita del mundo”. Le pedía a Bea que en el lunch me metiera algunas miguitas de pan para Catalino. Salí de casa entusiasmada hacia la escuela.

Llegó la hora del recreo y todas las niñas sacaron sus muñequitas de largas melenas y sus peines y las empezaron a poner a punto para un baile de princesas. Yo saqué a Catalino, expectante por ver la reacción de fascinación de las otras niñas. Nunca se me olvidará la frase de Carla ante las risas de las otras niñas: “¿qué es eso?. ¡Tú no puedes jugar a las princesas con un bicho tan feo!” Idiotas; no me dejaron jugar con ellas. Me inundó una tremenda decepción. Había preparado a Catalino con tanta ilusión para ese momento…y aquellas risas… me llené de rabia por haber sido despreciada así, no sólo yo, sino principalmente Catalino; y también Eddie, el día que me regaló con tanto cariño al muñeco más bonito del mundo!

Con mi enfado y mi decepción, no pude evitar, empujarlas e insultarlas. Me hizo sentir fatal el hecho de que las cuatro niñas estuviesen en mi contra, cuando estaba claro que la ofensa había sido hacia mí. Me parecieron tan estúpidas que las que desprecié su absurdo juego y me fui a jugar con los niños. Teníamos la suerte, en aquellos años de la infancia, de compartir el patio con los niños del colegio masculino de la calle de atrás. Aunque los colegios no eran mixtos, el patio sí lo era. Lo fue hasta que acabaron de ampliar la escuela de las chicas y entonces nos separaron del todo. Pero eso fue cerca de los ocho años.

Como iba diciendo, tras el desprecio de esas niñas, y el ridículo que había sentido con Catalino entre los brazos, lo guardé en la mochila enfadada y me fui a jugar al balón con los chicos. En cuanto pasó la pelota por mi lado la dí una patada que desvió un gol. Marco empezó a gritarme que me largara, que eso no era un juego de niñas y que se iba a chivar. Me empujó. La rabia iba creciendo en mí. Así que me salió el gesto más varonil que se me pasó por la cabeza en ese momento y le escupí. Debió tocarle el orgullo esa reacción y se puso como un loco. Gracias a Dios, la señorita que vigilaba se dio cuenta a tiempo y vino a separarnos. Empezó regañando a Marco por tratar de pegarme. Incluso le dijo que avisaría a sus padres por haberse comportado de ese modo. Me alegraba de la reprimenda que la profesora le estaba echando, pero cunado mencionó lo de avisar a su padre me entró una especie de escalofrío: dios mío, no quería que hiciesen lo mismo conmigo, y Eddie y Bea se enterasen de esto...se disgustarían muchísimo. Bueno, llegó mi parte de la regañina y la profesora insistió en que Marco llevaba razón en una cosa: jugar a la pelota con los chicos no era cosa de niñas. Asentí sin entenderlo, pero logré así que no avisasen a mi casa.

Claro está que se enteraron. Me conocían demasiado bien. Cuando Eddie llegó a casa y me vio mirando a Catalino, me preguntó que qué se contaba hoy y que si se había portado bien en la escuela. Yo guardé silencio, sin gana ninguna de decir una palabra. Entonces Eddie le rebotó la pregunta a Catalino: “¿Qué tal se ha portado hoy Katie en la escuela?” . Miré a Eddie entristecida y tratando de acabar ya con esa serie de preguntas. Le contesté que, Catalino era solo un poco de trapo y no hablaba. Eddie me miró sorprendido y extrañado. Nunca había reaccionado de esta forma con respecto a ese muñequito que era mi gran amigo. Me preguntó que qué me ocurría y le conté la historia de Marco en el patio. En principio no quería contarle lo que las niñas habían dicho de Catalino porque sabía que Eddie se disgustaría. Eddie estaba preocupado porque Marco me hubiese hecho daño. Le conté, sintiéndome muy culpable, que yo escupí a Marco, y aunque él no se enfadó sentí la necesidad, no sé muy bien por qué, de justificarme. Fue entonces cuando le conté que me fui a jugar a la pelota porque las niñas rechazaron a Catalino, por viejo y feo. Eddie obtuvo un aire muy triste. Me preguntó si a mí también me parecía feo… en casa no teníamos dinero para comprar las muñecas bonitas que llevaban algunas niñas, y sé que Eddie habría soñado con regalarme una de esas. Le dije que Catalino era un poco feo, pero era el muñequito que yo más quería en el mundo. Entonces Eddie sonrió, creo que aliviado. Me alegré.

Eddie había dado tanto por mí. Bea decía en broma que me iba a malcriar. Lo pasábamos tan bien juntos. Sólo él era capaz de gastarme bromas y hacerme reír hasta que me doliese la tripa. Era tan divertido y tan bueno…! Recuerdo una vez, en una racha en esas en que escasea el trabajo en los muelles, y con ello el dinero y la comida. Las pocas reservas que había en casa habían empezado a decrecer. Día tras día las raciones de las comidas y las cenas cada vez eran más pequeñas, y en cada desayuno la leche se diluía en más agua.

Al principio parecía que aquello duraría unos pocos días, pero ibas pasando y a penas llegaban barcos a los muelles. Bea y Eddie estaban desesperados. Recuerdo a Bea estirando al máximo los recursos. Ella y Eddie empezaron a comer sólo una vez al día. Me preguntaba cómo podían aguantar las punzadas en el estómago. A mi me dolía la tripa una vez al día y lo mejor era dormir. Fueron tres semanas muy duras para todos. Como a los quince días de que todo esto comenzase, Eddie trajo a casa un pedacito del paraíso. Regresaba de los muelles y yo debilitada jugaba con Catalino, para olvidar así la barriguita. Eddie entró sonriente y bromeó conmigo como habitualmente, pero esta vez escondía algo detrás. Impaciente traté de tirarle de la manga para que me lo mostrase, mientras me tentaba con adivinanzas.

Luego me pidió sonriente que cerrase los ojos y me limitase a oler. Me costó mantener los ojos cerrados. Dios mío… aquello olía a gloria, ¡¡era chocolate!! Pocas veces había tomado chocolate antes, sólo un par de veces por Navidad cuando Santa Claus dejaba alguna onza en el árbol. Pero el olor de aquellas onzas era inolvidable. Recuerdo perfectamente la sensación de mi boca seca poco a poco inundándose de saliva. Eddie dejó las onzas en mis manos y yo no supe qué hacer con ellas. Insistió que me las comiera… ¡Dios mío!, con aquellas ojeras que gritaban debilidad y hambre se resistía a sucumbir a la tentación, se negaba a probarlas. Al final le convencí y las repartimos, aunque muy desproporcionadamente, a penas se comió las miguillas. Al principio reservamos la mitad para Bea, aunque finalmente Eddie me la dio. Lo comí tan rápido que incluso me dio dolor de tripa. Creo que fue la primera vez que a Bea no le dije cuando me dolía la tripa… era otro secreto más entre el maravilloso Eddie y yo.

Cuando yo tenía 4 años Eddie me construyó una banqueta de madera para que llegase a la pila de la cocina, y así ayudar a Bea a fregar las cucharitas! A mí me encantaba! Sólo me dejaba fregar cucharitas, al principio, porque decía que lo demás era peligroso, pero conforme fui haciéndome mayor me iba dejando fregar más cosas. Recuerdo un día que cogí un cuchillo sucio sin que ella me viera. Era toda una hazaña. El arma más peligrosa de la cocina lo iba a fregar yo, por primera vez. Era una prueba hacia mí misma de que ya era una chica mayor, figúrate con cuatro años y medio…! Cogí el estropajo con cuidado y lo puse delicadamente envolviendo la hoja del cuchillo. Fue como una especie de ritual de consagración, como en la Iglesia, pero a la vez tenía prisa porque Bea no llegase con los últimos vasos sucios y me pillase con el instrumento más poderoso entre las manos. Oí el tintineo de los vasos llegando y saqué precipitadamente la lámina del estropajo: ay!!! Grite para mí y cuando miré la pila, el agua se estaba manchando de gotitas rojas!! Intenté disimular ante Bea, pero no tardó ni un minuto en darse cuenta. Se enfadó muchísimo. Mientras me lavaba las manos no paró de regañarme. Ya no había motivo para disimular y me puse a llorar. Fue entonces cuando Eddie entró desde el salón inquiriendo qué ocurría. Al darse cuenta de la situación recuerdo que encolerizó. Bea también acabó llorando porque Eddie la culpó por dejarme sola en la cocina. Me sentí horriblemente mal porque Bea llorase. Era yo la que me había cortado, no ella. Yo cogí el cuchillo. Ella no tenía por qué llorar. No había cogido un cuchillo a escondidas, ni…. En fin, cosas que una niña de cuatro años no puede entender… Nunca más se volvió a hablar de ello en casa, es de esas cosas de las que parece que todo el mundo ha olvidado, no sé porqué a mí se me quedó tan grabado.

Fui al la escuela del barrio desde que tenía cinco años hasta que cumplí los 16. Me gustaba mucho ir, y allí también fui una buena estudiante, trabajadora. Siempre que me contaban algo interesante procuraba retenerlo en la memoria o hacerme triple nudo en los zapatos para poder recordarlo al llegar a casa y contárselo a Eddie y a Bea. A ellos les divertían las cosas que yo contaba, pero para mí las cosas que contaba Eddie de los muelles eran mucho más interesantes!. Bea sin embargo contaba pocas historias. Estando en casa, ocurrían menos cosas que contar…a veces me apenaba su escucha y alguna vez me avergonzaba por sentir que jamás quería acabar como ella. Yo soñaba con ser como mamá e ir a la universidad.

La escuela femenina del barrio era un centro pequeño, con las aulas, aunque viejas, muy limpias. Éramos 15 ó 20 niñas en clase. Nos enseñaban a comportarnos…Existía otro centro cruzando la calle de atrás que era la escuela de chicos. Decían que siempre estaba más desordenada que la nuestra, pero era más grande. Bea siempre decía que una mujer tiene que tener su casa limpia y ordenada, que eso dice mucho del tipo de mujer que es. Todo estaba al detalle colocado y sin polvo, me encantaba ayudarla. Aunque a veces me parecía exagerada y discutíamos.

Creo que últimamente a Bea ha llegado a preocuparle más la casa que sus habitantes, no que nos quisiera menos, porque bien se que se muere por Eddie y por mí, sino porque se da más cuenta de las pelusas que de las preocupaciones de Eddie. Cuando él llega ella ya se ha encargado de que esté todo correcto y prepara la cena, sin embargo no entiendo por qué últimamente no sale a recibir a Eddie y deja, por un segundo, lo que está haciendo. Yo haga mecanografía, cocine con ella la cena, paro un instante cuando llega y voy a recibirle, sé que le encanta. Puedo ver en sus ojos que tras un duro día de trabajo el recibimiento es un regalo. Como un día, meses atrás. Eddie se marchó temprano a los muelles, constipado y con el cuerpo dolorido. A su vuelta Bea le estaba preparando una sopa caliente, pero no salió a tocarle la frente y tomarle la fiebre, a preguntarle, antes de nada, cómo estaba. Recuerdo que su primera pregunta fue “¿Eddie quieres cenar ya o más tarde?”, me quedé sorprendida. Bea antes no era así. Vi en el gesto de Eddie la misma sorpresa disfrazada, y cuando le toqué la frente me abrazó muy fuerte. Le di un beso entre las cejas como si aquel beso fuese a quitar sus males, confiábamos en que lo hiciera.

Es un ejemplo más de lo que ha venido sucediendo. Miro a Eddie y sé lo que necesita para sonreír, a veces un abrazo, un vaso de agua fresquita o un simple “cuéntame cómo estás”.

Pero antes de todo esto que estoy contando me han ocurrido muchas cosas importantes que no me quiero saltar.

El día de mi 15 cumpleaños amaneció soleado. Era domingo, lo sé porque ese día , como todos los domingos, acompañé a Eddie a comprar el periódico. Cómo era un día especial, Eddie me dijo que eligiese la revista que más me gustase. Dios mío, llevaba tanto tiempo deseando comprar una de esas revistas para chicas… Leer una revista de ese tipo era la más clara evidencia de que ya era una mujercita, y eso me llenaba de orgullo. Escogí una en la que aparecían fotos de chicas con preciosos vestidos, y fantásticos zapatos. ¡Y unas imágenes increíbles de ciudades lejanas! Miré la revista ilusionada sin separarla de la repisa del quiosco y Eddie preguntó: “¿Seguro qué es esa la que quieres?, No prefieres esta de costura, parece más interesante, ¿no?” ; no me atreví a negárselo directamente, pero creo que sin dejar de mirar aquel número de Vogue le deje claro que la prefería a la otra. “Cógela, es para ti”. Me invadió un sentimiento de emoción. No me atreví a agarrarla directamente, miré primero la revista y luego a Eddie con timidez. “Cógela, Katie. Feliz cumpleaños” repitió. La agarré y le di un beso. Desde aquel día me compra esa revista de vez en cuando. Me encanta leerla, imaginar que algún día llevaré esos vestidos, entre los edificios elegantes de Nueva York. Por las noches, después de recoger las cosas de la cena, me evado de la rutina leyendo algunos de sus artículos, a partir de los que he construido tantos sueños...tantas alas, tantos inmensos horizontes... pronto empezarían a ser realidad. Apenas un curso me separaba del final de la escuela. Cómo todo en la vida, llegó.

Fue el día de final de curso del año pasado. Me levanté esa mañana con los nervios apoderados de mi estómago, al fin todo mi esfuerzo iba a tener su fruto. ¿Era mi último día en la escuela! Me imaginaba que ese día dejaría de ser una niña para ser una mujer. Tenía muchos proyectos y sueños en la cabeza, aunque algunos por aquel entonces ya los había descartado. Por ejemplo, ir a la universidad. No estaba dentro de las posibilidades de Eddie y Bea poder pagarme una carrera (bien sé que ellos habrían soñado con hacerlo), y las notas que obtuve aunque fueron buenas, no alcanzaron para obtener una beca para la universidad. Así que entre mis opciones barajaba trabajar, ahorrar algo de dinero y viajar a aquellos lugares de las revistas. A partir de ese momento iba a disfrutar, y conocer muchas, muchísimas cosas nuevas. Con estos pensamientos llegué a casa tras la despedida en la escuela de la maestra, que me agarró la mano y me deseó suerte, diciendo que estaba convencida que triunfaría en la vida, que lo veía en mis ojos. Se me saltaron las lágrimas y embargada por la emoción corrí a casa a celebrarlo con Eddie y Bea. Mientras cenábamos les iba a contar emocionada mis proyectos, me sentía una mujer tan capaz…incluso me sirvieron un poquito de vino para celebrarlo. No es que me gustase demasiado pero para mí era ser como ellos, adulta. Poco duró sin embargo este éxtasis de felicidad. Mientras contaba mis planes Eddie me paró bruscamente. Y dijo que yo no iba a dejar de estudiar; que una cosa era no poder ir a la universidad y otra muy diferente era no estudiar alguna cosa. Me dejó bloqueada, era mi vida y la decisión iba a ser suya, no lo entendía… volvía a nombrar a mamá una vez y otra, al encargo que la hizo que cada vez me pesaba más en la espalda como una losa. Dio mío, por qué se tuvo que morir! Sentí una gran impotencia. Bea no se pronunciaba más allá de “lo mejor es que te formes Katie, tienes que querer” . Joder, y si no quería, daba igual. Entonces qué coño significaba aquella copa de vino, si no me iban a dejar decidir como una adulta. Ese vino, no era un vino de celebración, aquel vino era una farsa, un disfraz, una caricatura de la mujer que era. Lo derramé en la mesa con rebeldía. A la vez que me sentía entre triunfal y temerosísima por las consecuencias de mi acción, cómo me había atrevido a hacer semejante cosa. Eddie se enfureció, Bea trataba de calmarle, y me repetía “es por tu bien, esto es por tu bien”. La tensión duró toda la noche y al día siguiente, con más serenidad, habiéndoles pedido perdón por mi rabieta, hablamos sobre la prolongación de mis estudios. Eddie me trató diferente. Notaba que Bea había hablado con él. Me explicó con calma que estudiar mecanografía me abriría a más oportunidades, que si no acabaría sin saber hacer nada, en una casa. Supe que llevaba razón aunque me fastidiase aceptarlo y accedí.

La verdad estoy contenta con el curso, somos 20 en clase y lo pasamos fenomenal con el profesor. Además es entretenido y soy bastante ágil. Pronto acabaré. Supongo que tomé ( o tomaron, o tomó, o como sea...) la decisión adecuada, aunque uno nunca sabe que hubiese pasado de haber caminado en otra dirección.

2 comentarios:

achi dijo...

Jo, me emociona esta biografía

dr loomis dijo...

ay...

quiero saber más...

esta noche envío "eddie Carbone por eddie Carbone: volumen I"