PANORAMA DESDE EL PUENTE

Honor, justicia, ley, amor, odio, impulsos irrefrenables, obsesión, pasiones, celos... con el transfondo de la inmigración ilegal en el Nueva York de los años 50.
Estos son los ingredientes de "Panorama desde el puente", una de las mejores obras de Arthur Miller. Y esta es una de las obra que vamos a representar este año en "No Es Culpa Nuestra".
En esta páginas te hablaremos de la obra, del autor, de los personajes, de la época, del entorno social, de los entresijos de un montaje tan complicado y de nuestra visión del mismo.
Si no conoces la obra o quieres conocerla más a fondo, este es tu sitio.

Mostrando entradas con la etiqueta PERSONAJES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PERSONAJES. Mostrar todas las entradas

BIOGRAFÍAS. EDDIE CARBONE.

viernes, 18 de abril de 2008

Buenas noches. Mi nombre es Eddie Carbone. No sé muy bien de qué les tengo que hablar aquí. Me dijeron que debía explicar lo mejor que pueda la historia de mi vida. Joder. Como si eso me fuera fácil. Quiero decir, que nunca antes había hecho una cosa así, y no sé ni por donde empezar. Pero trataré de ser lo más claro posible. Y tengan en cuenta que muchas de estas cosas nunca se las había contado a nadie. Ni siquiera a mi mujer. En fin. Allá voy.

Nací no muy lejos de aquí, y no muy lejos de los muelles, en enero de 1919. Nunca he estado muy lejos de los muelles. Claro, que, vaya uno donde vaya en esta maldita ciudad, llega un momento en que se da de bruces con un muelle. Tengo la sensación de los muelles siempre han estado ahí, como dentro de mí, y que nunca conseguí alejarme de ellos, ni siquiera cuando parecía que mi destino iba por otros lados. Y es que nunca fui muy inteligente, para qué nos vamos a engañar. Quiero decir que no valgo para hacer números ni leer libros gordos. Pero sí era listo, qué coño. Vamos, que ningún pollo me ha tomado nunca el pelo. Siempre he calado bien a la gente, desde muy niño. A aquel que se atrevía a tomarme por tonto, bastaba una mirada para acojonarle. En la pandilla, yo era un chaval respetado. Y es que desde enano ya se veía que yo tenía todas las de ganar en un cara a cara. Recuerdo que una tarde, cuando yo tenía 10 años, estábamos toda la pandilla en la calle jugando cuando una de mis hermanas, Liz, la pequeña, apareció al fondo de la calle llorando y gritando mi nombre. Un grupo de imbéciles se habían estado metiendo con ella cerca de allí. No perdí más el tiempo y corrí a su encuentro, cogiendo a mi pequeña Liz en brazos. Todos mis amigos me siguieron sin decirles yo nada. Me habrían seguido adonde fuera. Pues bien, allí estaba el capullo de Tommy Doogan, con sus perros falderos. Menudo pieza era ese. Meterse con una niña indefensa. Dónde se ha visto eso. “¿Quieres algo?”, me dijo. No voy a entrar en detalles, pero le arreé una buena tunda. Algún derechazo y un par de directos y ya le tenía saboreando el asfalto. Ninguno de sus amigos se atrevió a echarle una mano. ¡Y eso que todos gastaban más de trece años! Sé que no está bien pegar a nadie, pero ese Doogan era un mal bicho y se merecía que alguien le pusiera las cosas claras. Y me sacaba una cabeza, vamos, que no estaba en inferioridad de condiciones, precisamente, no sé si me entienden. Además, a mi familia no le toca un pelo ni Dios Cristo.

Mi padre se puso como loco de contento cuando se enteró de la historia de Tommie Doogan. Yo no le conté nada, ¿eh? Que se enteró por su cuenta. Todo el barrio lo sabía. Mi padre estaba orgullosísimo de su hijo. Decía que para eso él había criado un hombre de verdad. Que no se acojona ante nada. Que le planta cara a un matón de poca monta y le demuestra quien es el rey. No lo dudó más. Me empezó a entrenar duro. Iba a hacer de mí un campeón de boxeo.

Desde enano me apasionaba el boxeo. Oía como me padre me contaba los combates de Jeffries y se me ponía un brillo en los ojos que qué sé yo. James J. Jeffries, campeón indiscutible de los pesos pesados, jamás derrotado en combate. Nunca debió volver a los rings parra pelear con Jack Johnson. Fue un error. Joder. Ojalá hubiera nacido antes para verlo en acción. El caso es que me moría por entrenar, pero mi padre me decía que aún era demasiado chico, que debía esperar. Que no tuviera prisa. “la gloria es para los pacientes”, repetía, o algo por el estilo. Mientras tanto, le ayudaba en la carnicería, moviendo bultos de acá para allá, descargando todas las mañanas la carne de los camiones. Y cuando no miraba, practicaba con las piezas de vaca que colgaban en la cámara frigorífica. Si me hubiese pillado alguna vez… Ahora había llegado mi momento. Mi padre se pasaba el tiempo que no estaba currando entrenando conmigo en la azotea de nuestro edificio, o detrás de la carnicería. Mejoré muchísimo en poco tiempo. Me llenó la cabeza con sueños de grandeza. Lo que siempre había querido. Subirme a un ring, vencer y sentir como todo el mundo me miraba con orgullo. Respeto, al fin y al cabo. Eran buenos tiempos.

Por cierto, no sé si he mencionado que era el mayor de tres hermanos. Mis dos hermanas eran dos soles, las chiquillas. Liz y Cristina. Se mataban a estudiar en la escuela y luego corrían a casa a ayudar en todo lo que podía a mi madre. Mi madre, una santa. Una mujer como Dios manda. No recuerdo haberla visto perder nunca los nervios, ni decir una palabra más alta que la otra. Siempre lo tenía todo bajo control. La casa, impoluta. Cocinaba que daba gusto. Callada como nadie, eso sí, pero siempre tuvo una palabra de ánimo cuando hizo falta. Lo que decía, una santa. Y nos quería a todos una barbaridad. Sólo había que ver cómo miraba a mi padre cuando volvía a casa. Y cómo colgaba su chaqueta, con qué cuidado. La comida siempre lista. Joder, que bien olían sus guisos. Los miraba sentado desde el suelo y veía la sonrisa de mi madre y no podía evitar pensar: algún día conseguiré que alguien me quiera de ese modo.

Durante años entrené y entrené. Mi padre no me dejaba pelear en el circuito porque era demasiado pronto. “Cuando estés preparado, hijo, cuando estés preparado”. La gloria es para los pacientes. Claro que mi padre tenía razón, pero a mí un fuego interior me ardía y luchaba por salir. No lograba entender porqué tanta espera. Sabía que era el más fuerte del barrio. Pero jamás se lo decía a mi padre. Si él decía que había que esperar, yo esperaría. Ahora veo cuanta razón tenía. Mientras tanto, lo pasábamos bien. Yo me entregaba en cuerpo y alma al entrenamiento. Mi padre gritaba y yo obedecía. Mis hermanas se esforzaban en acabar rápido sus labores. “Mamá, podemos ira ver entrenar a Eddie un poco”. Y ella sonreía y asentía. Recuerdo los diminutos rostros de Liz y Cristina asomados entre los barrotes de la barandilla de la escalera de incendios a la que daba una de nuestras ventanas, iluminados por el asombro y la devoción. Yo hacía como que no las veía, pero sabía que estaban allí mirándome, mientras sudaba y golpeaba las manos de mi padre. “¡Más fuerte, hijo, protege la cara, vigila tu izquierda!”. Mientras se hacía de noche y las luces del callejón se encendían. “Señor, que le parece si practicamos un poco la defensa”. “Lo haremos cuando yo diga que debemos hacerlo”. “¡Sí, señor!”. Mis hermanas sonreían. Y entonces mi madre se asomaba y decía, “Ricardo, la mesa ya está puesta”. Y parábamos en ese preciso momento, exhaustos por el esfuerzo. Mis hermanas nunca entraban en casa hasta que pasábamos a su lado. Yo les pasaba la mano por el pelo y ellas reían. Y los tres entrábamos en casa dados de la mano. Eran buenos tiempos.

En 1935, el día que yo cumplí 16 años, ocurrió al fin. Estaba mi padre bendiciendo la mesa, como todos los días antes de empezar la cena, y lo soltó, sin levantar la mirada del mantel. “Ha llegado el momento de que Eddie empiece a pelear en circuitos profesionales”. Yo ya llevaba un par de años entrenando en el gimnasio y había demostrado que en el cuerpo a cuerpo no había ni un solo chico que pudiera vencerme. Pero sabía que hasta que mi padre diera su permiso, no empezaría mi carrera en el ring. “Eddie, campeón, cuando te veremos machacar alguna cara en el ring”, me gritaban por la calle. “La gloria es para los pacientes”, repetía yo, convencido. Y por fin, había terminado la espera. Ahora vendría la gloria. Eddie paciente Carbone iba a dar la campanada. Alrededor de la mesa, mi madre nos miraba con orgullo, a mí y a mi padre. Yo sólo sonreí. Y mis hermanas saltaron de sus sillas y se me tiraron al cuello, gritando. Mi padre gritaba al orden, tratando de parecer serio. Y mi madre lloraba y reía.

Al principio todo era como había soñado. Empezamos con pequeños combates, poco a poco. Mi padre no quería que me precipitase luchando contra rivales que tal vez fueran demasiado para mí. Yo era joven y arrogante. Creía que nadie podría vencerme nunca, pero aun así, hice caso de todo lo que mi padre decía. Él escogía mis combates, mis rivales, las fechas, los lugares donde luchaba. Y poco a poco, empecé a llamar la atención, no sólo dentro del barrio. También fuera de él. Y es que no había quien pudiera conmigo. Recuerdo los primeros combates. Los otros chicos no duraban ni un asalto. La gente me miraba asombrada. Y luego volvían. “Eddie Carbone lucha esta noche”. “Tenéis que verle, es una máquina”. “No hay quien pueda con él”. Estas cosas se oían por la calle. Lo juro. Poco a poco la voz se corrió y cada vez había más gente que acudía a verme. Estaba pasando. La gente me paraba por la calle. “Qué gran combate”, me animaban. Y yo miraba y sonreía. No hacía nada más. No necesitaba ni jactarme, ni alardear ni nada de eso. Me bastaba con las miradas de auténtica admiración que le gente del barrio me dedicaba. Me bastaba con ver lo orgullosa que estaba mi familia. Y mi padre. Yo, el hijo de un carnicero, estaba logrando la tan ansiada gloria de la que mi padre siempre me había hablado.

Me convertí en poco tiempo en héroe local. No teníamos mucho dinero, así que tampoco podía llegar mucho más lejos. Combates a pequeña escala, excursiones a otros barrios a lo sumo. Ganábamos un pequeño porcentaje de los ingresos en taquilla, pero la mayor parte de las veces no nos compensaba. Sólo en el traslado ya se nos iba una fortuna. Mi padre no me decía nada, pero yo sabía que se nos estaba acabando el dinero poco a poco. De momento aguantábamos, pero mi padre tenía que seguir atendiendo el negocio y en mi casa cada vez pesábamos más hambre. A nadie parecía importarle, ya que todo el mundo estaba encantado con mis triunfos, pero yo no podía permitir que esto siguiera así mucho más. Necesitábamos encontrar un promotor ya.

Una tarde, estaba yo entrenando en el gimnasio solo, porque mi padre estaba esperando un envío de mercancía en la carnicería, y se me acerca el tipo que coordinaba los combates con una sonrisa de oreja a oreja. En ese momento, yo dejo de golpear el saco. Lo paro con las manos y le miro a los ojos. Adivino lo que viene a decirme. Los grandes han oido hablar de mi. Quieren organizar un cara a cara con Wilson en el Garden. La semana que viene. En el Garden, chaval. Eso estará lleno de ojeadores.

Salgo corriendo, no hay tiempo para cambiarse de ropa. Agarro la chaqueta y salgo a la calle. Voy directo a la carnicería. La carnicería de Ricardo Carbone. Siempre pensé que mi padre era un luchador. Un guerrero. Un superviviente que había llegado sin un duro a este país y había sacado adelante un negocio de la nada. Con el sudor de su frente, había ganado el dinero suficiente para alimentar a su esposa y a los tres hijos que vendrían después. Eso creía. Menudo imbécil. Cómo pude no darme cuenta de la verdad. Cruzo la puerta de la carnicería, gritando el nombre de mi padre. Y entonces mi expresión cambia de golpe. Ahí, en el suelo, está tirado mi padre, cubriéndose patéticamente la cara con los brazos. Frente a él, dos tipos con gabardina y sombrero se dan la vuelta y se quedan mirándome. Ríen. “¿Es este tu chaval, Carbone?” mi padre mira horrorizado un momento en mi dirección y luego se queda mirando al suelo. Yo no entiendo nada. Mi padre no vuelve a mirarme. Los dos tipos bromean y ríen. Uno de ellos se acerca a mí, mientras el otro se agacha y agarra a mi padre del cuello. Entonces veo las marcas en la cara de mi padre y empiezo a comprender. Mis puños se aprietan, pero algo me detiene. ¿Por qué mi padre no se levanta? ¿Por qué mi padre no les planta cara a esos tipos y los echa de aquí? Siento ganas de agarrar a los dos tipos y echarlos a la calle. Sé que puedo con ellos. “Yo te conozco. ¿Tú no zumbaste a Tim Carter el mes pasado en Queens? Coño, claro. Eddie Carbone. Así que tu hijo es el famoso Eddie Carbone, ¿eh, Ricardo? Claro, joder. No había caído. ¿Tú lo sabías?” El otro tipo le está diciendo cosas a mi padre que yo no alcanzo a oír. El que habla conmigo me agarra del cuello y me obliga a mirar a mi padre. Me doy cuenta de que tiene una pistola debajo de la chaqueta. Tengo miedo. “No eres tan valiente fuera del ring, ¿eh, chico? Ricardo, mira. No parece tan duro fuera del ring, ¿verdad?”. El tipo me zarandea, yo me zafo y le miro con dureza. Me enseña la pistola, y aprovecha mi momento de duda para empujarme contra el mostrador y aplastar mi cara contra la madera, de tal modo que puedo ver perfectamente a mi padre. No se ha movido ni un milímetro. Ni uno solo. Sigue mirando al suelo.

“Ya puedes pagarnos lo que nos debes, Carbone, o esta vez ten por seguro que no dudaremos en quitarte el negocio. Recuérdalo bien, Carbone. Todo esto es nuestro y tú trabajas para nosotros. Paga lo que nos debes”

Al fin comprendo.

Durante los días posteriores al incidente en la carnicería, mi padre no me dirigió la palabra ni una vez. Ni siquiera la mirada se atrevió a dirigirme. Aquella misma noche, al llegar a casa, mis hermanas estaban durmiendo, ajenas a todo aquello. Mi madre aun nos esperaba sentada en la mesa, con la cena ya fría. Tardamos en llegar porque hubo que recoger algunas cosas y limpiar el alboroto. Cuando entramos por la puerta, silenciosos, mi padre simplemente miró a mi madre y ella, percatándose de las heridas de la cara de mi padre, le miró alterada y preocupada. Mi padre, sin mediar palabra, entró en su cuarto y se acostó, sin cenar. Yo me senté a la mesa y mi madre me acompañó, mirándome en silencio. Mientras digería el estofado, empecé a darle vueltas a la cabeza. Mi padre no era ningún héroe. Era un don nadie, que vivía de la caridad de otros, que no era dueño ni de su propio negocio. Era un fracasado. Y lo peor de todo, un cobarde. Con la vista clavada en el suelo, sin atreverse a mirar al frente. Sin levantarse y plantar cara. Sin defender a su propio hijo. Un cobarde. Entonces le conté a mi madre lo del Garden, sin levantar la mirada del plato. Aún así, supe que ella estaba llorando.

Esa semana entrené solo. No veía a mi padre, que siempre llegaba tarde a casa y se metía directamente en su dormitorio. Entrené duro. Tenía claro lo que tenía que hacer. Ganar ese combate, lograr la gloria definitiva, recuperar el honor de los Carbone y darle a esta familia el orgullo que se le había robado. Si mi padre no era capaz de dirigir esta familia, alguien tenía que hacerse valer. Yo iba a lograr la gloria por mis propios méritos. Y nadie, nunca, se atrevería a faltarme al respeto. Jamás.

Llegó el gran día. El tipo del gimnasio se había ofrecido a llevarme al combate. Tal y como estaban las cosas, ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que mi padre me acompañara. Así que, después de pasarme la tarde preparándome en el gimnasio, empecé a recoger mis cosas. Fuera me esperaban arrancando la furgoneta. Cuando salí de los vestuarios, allí me encontré a mi padre. Las manos en los bolsillos, los ojos como túneles. Me detuve, a cierta distancia. Nos miramos en silencio unos segundos y entonces empecé a andar hacia la salida. No había nada que pudiera decir mi padre y que yo quisiera oír. Pero me equivocaba. Cuando pasaba por su lado, empezó a largar. Que nunca en la vida me había pedido nada. Que él era mi padre y yo debía respetarle. Que yo era su hijo y debía hacer lo que se me decía. Me explicó, sin mirarme, dirigiendo su voz hacia alguna parte de la pared del fondo, que debía perder el combate de esa noche. Me paré en seco. No sé si esperaba alguna razón para aquello. Aunque no hacía falta ser muy listo para saber lo que estaba pasando allí. “¿Oyes lo que te estoy diciendo? ¿Me oyes, Eddie?” Nuestras miradas se cruzaron entonces y pude ver en sus ojos el brillo del miedo, la vergüenza, la debilidad y la rabia. Ese de ahí, ese era mi padre. Eché a andar sin decir nada mientras mi padre estallaba en gritos detrás de mí.

Aquella noche perdí el combate. Fue humillante. Le tenía. Le tuve en mis brazos durante medio asalto. Conocía bien a ese Wilson. Su fuerte era la izquierda, así que le dejé que se entusiasmara durante un buen rato. Luego fui a por él. Un izquierdazo. Un derechazo. Otro izquierdazo y calló sobre mí como una muñeca de trapo. El resto del combate estuvimos bailando bien agarrados. Al final tuve que dejar que me noqueara. Lo hice por mi familia. Puede que me hubiera decepcionado, pero aquel era mi padre y yo le debía respeto y gratitud. Puede que me hubiera engañado durante toda la vida, pero un padre es un padre. Yo podría haber sido campeón. Aquella noche estuve a un paso de la gloria definitiva. Y alguien en algún lado de esta puta ciudad, ganó mucho dinero conmigo esa noche

Nadie me dijo nada al salir del Garden aquella noche. Yo sabía que todo el barrio debía saber a esas alturas que había perdido. Aún podía oír los abucheos retumbando en mi cabeza. A esas alturas hasta mi padre debía saber ya lo que había pasado. Me subí a la furgoneta, cabizbajo, pensativo. Me dejaron en la puerta de casa. Me despedí y entré en casa. Mi padre estaba en el salón jugando con mis hermanas. No me oyeron entrar. Mejor, pensé. No quería ni verle la cara. Fui directo a la cocina a decirle a mi madre que me iba a acostar, que estaba molido. Imaginaba que ella ya sabría lo del combate y esperaba que no sacara el tema. Lo que no esperaba es encontrármela con media cara machacada y un ojo morado. Me quedé mirándola un instante. Ella me miró a los ojos. No, Eddie, no, empezó a decir. Pero ya era tarde. Crucé la casa e incrusté mi puño en la cara de mi padre. Cayó al suelo. Le agarré del cuello y le di una y otra vez. Cada vez más fuerte. Entonces vi las caras de mis hermanas, presas del pánico. Llorando y gritando. Mi madre también lloraba y gritaba, tirada en el suelo, agarrada al marco de la puerta. Y mi padre, irreconocible, gemía y suplicaba cubriéndose la cara con los brazos. Le solté. Mis hermanas corrieron a abrazar a mi padre. Mi madre lloraba sin moverse del sitio, tirada en el suelo. Pasé por encima de ella y salí a la calle. Entonces me di cuenta de que yo también lloraba.

Aquella noche quebranté la santidad de la familia. Rompí las reglas, hice algo que no debía. Un hijo no debe imponerse a un padre. No de ese modo. Usé mi superioridad para conseguir lo que quería, pero no mediante la técnica. No dentro de un ring, siguiendo las normas. Usé la fuerza bruta. Me dejé llevar. Me pasé de la ralla. Yo destruí mi familia.

Aquella noche, sentado en una caja de madera en los muelles, muerto de frío, mirando al mar, decidí que desharía el mal de la única forma posible. Algún día yo tendría mi propia familia. Y a esa familia yo le daría todo lo que tengo. Trabajaría día y noche, sin parar. No le debería nada a nadie. Ganaría mi dinero. Compraría un hogar. Haría feliz a una mujer que me querría con locura, y tendría unos hijos maravillosos a los que nunca mentiría. Lo daría todo por ellos. Todo. Mi vida entera. Y confiarían en mí. Y me querrían. Sin deber nada a nadie. Esos hijos serían los más felices del mundo, y estarían orgullosos de su padre y de todo lo que ha hecho por ellos. Mi vida entera por ellos.

Aquella noche, sentado en una caja de madera en los muelles, muerto de frío, mirando al mar, decidí otra cosa más. Decidí que nunca más volvería a boxear.

Imaginen como estaban las cosas en casa. Mi padre me rehuía. Mi madre callaba y trabajaba en la casa sin parar, pero ahora siempre estaba con un aire triste y resignado. A veces oía a mi padre gritar a mi madre en su dormitorio. Pero a mí nunca me decía nada. Mis hermanas ya no jugaban conmigo. Convivíamos todos, pero ya no éramos una familia.

Por la calle no era mejor. Ya no había nada de eso de Eddie paciente Carbone. La gente ya no me miraba por la calle. Todo lo contrario. Notaba su desprecio. Los del barrio no son gente lista, pero saben bien de qué va eso. Combates amañados. Mafias. A todos nos afecta. Pero lo que había hecho yo era deshonroso. Estoy seguro de que todo el mundo se imaginaba porqué perdí ese combate. Sólo espero que no supiesen nada de lo que había pasado dentro de mi casa. Lo que ocurre paredes adentro, ahí se debe quedar.

Al fin, inevitablemente, olvidados todos esos sueños de convertirme en boxeador, y con los pies en el suelo, me dirigí al único lugar de esta puta ciudad donde había sitio para mí. Los muelles. La escoria siempre acaba toda juntita en los muelles. Golfos, idiotas e inútiles que solo valen para cargar y descargar fardos. Pero era un trabajo honrado, sencillo, para el que yo valía. Y era lo único a lo que yo podía optar si quería empezar a ganar dinero y ahorrar para formar mi propia familia. Sé que mi padre me quería fuera de casa, y que mi madre no se iba a poner de mi parte, cosa que entendía. Pero mientras yo no diera motivos evidentes para los que echarme, mi padre me mantendría en casa, porque, ¿qué iba a pensar la gente? Un padre no echa a sus hijos a la calle a no ser que tengo razones de peso, no sé si me entienden. Y en mi casa, nadie iba a decir ni media palabra.

En los muelles no me fue mal al principio. Yo era un tipo duro, y no me quejaba. Como era joven y fuerte, pues me escogían casi siempre. Y trabajaba bien. Siempre he trabajado bien. Aun así, al principio yo andaba un poco perdido. El trabajo de un estibador es muy duro. Somos muchos y hay poco trabajo. Esto siempre ha sido así, desde que empecé. Mucha competencia. Yo no me deja pisar por nadie, pero me costaba hacer amigos. En aquel momento la historia del combate del Garden aun estaba fresca y en boca de todos. Eso me molestaba, sentía que tenía que trabajar más duro que los demás, para impresionarles, para demostrarles lo que valía Eddie Carbone, coño, que no soy ni un vago ni un cobarde. A fuerza de esto, empecé a llamar la atención de los superiores. Y ahí es cuando Giouseppe y yo nos hicimos amigos.

Giouseppe Corradini, que gran hombre. Él era un estibador más, igual que nosotros, pero llevaba mucho tiempo trabajando en los muelles y se había ganado el respeto de los otros trabajadores y de los mandamases que nos miraban trabajar desde ahí arriba, con sus trajes de marca limpitos y bien peinados. El caso es que siempre contaban con él como portavoz de los estibadores, e incluso dejaban que fuera él el que, en muchas ocasiones, decidía quien trabajaba y quien no. Yo le admiraba. Se había buscado su lugar y había llegado a ser alguien importante para la gente. Todos le querían. Era de familia italiana, como yo, católico a muerte y un padre de familia ejemplar. Siempre hablando de sus críos. Nos hicimos amigos y hablábamos mucho en el trabajo. Fue muy bueno conmigo y me enseñó todo lo que necesitaba saber para sobrevivir en los muelles. Tenía más o menos la edad de mi padre.

Giouseppe y yo llegamos a cogernos mucho cariño en poco tiempo. Hablábamos mucho y en el trabajo pasábamos todo el tiempo bromeando. Nunca me preguntó por mi familia, ni una sola vez, cosa que me sorprendió, puesto que él parecía darle mucha importancia a la suya. Con el tiempo he llegado a pensar que era precisamente mi actitud cuando le oía hablar de sus hijos lo que le alertó para no preguntarme a mí por mis padres.

Un día especialmente duro, en el que trabajamos hasta más tarde de lo habitual, Giouseppe me invitó a cenar a su casa. “Ya es hora de que conozcas a mi familia”, me decía. Yo tuve que negarme, puesto que estaba hecho un asco, sudado y destrozado por el trabajo duro. Pero le prometí que el día siguiente, allí estaría. Y allí estuve. Puntual. Limpio. Educado. Tal y como se me había enseñado que debía ser. Tal y como yo creo que se debe ser. Nervioso, claro. Había oído hablar tanto de la familia Corradini que tenía pánico a no encajar. No sé porqué. Tal vez tenía miedo de que se dieran cuenta. Ya saben. De que mi familia… Vamos, de que yo ya no sabía cómo me debía comportar en un ambiente familiar, coño. Pero no pasó nada de eso. Al contrario. La mujer de Giouseppe me acogió como un hijo más. Hizo todo lo posible para que me sintiera cómodo. Los dos niños eran un par de soles. Traviesos, sin dejar de jugar, dos pequeños hombretones italianos hasta la médula. Y de repente, saliendo de la cocina, un ángel. La mismísima imagen celestial de la belleza femenina. Una auténtica madonna. Con una bandeja en la mano, esa madonna, se dirigió hacia mí, con la cabeza baja y paso firme, agarrando su bandeja con sus fuertes manos de mujer italiana. Y cuando se plantó frente a mí – “Eddie, te presente a mi hija Beatrice”- ella alzó sus ojos y me envolvió con su mirada azul. Sé que se van a reir de mí, pero me flojearon las piernas, me ruboricé y sonreí torpemente, sin poder decir nada. ¿Por qué Gio no me había hablado de que tenía una hija en casa? Me había hablado de Nancy, la universitaria, y de los pequeños, pero de Bea nunca dijo nada. Como ella tenía la bandeja sujeta con las dos manos, no pude darle la mano, o besársela, que era lo que yo más deseaba en ese momento, así que cogí un vaso de limonada y, acto seguido, ella bajó de nuevo la mirada, dejó la bandeja sobre la mesa, y volvió de nuevo a la cocina. Como una aparición. Como un sueño.

El resto de la noche fue muy agradable. Cenamos, hablamos distendidamente y Gio y yo contábamos anécdotas del trabajo. Todos reían. Me sentía a gusto, parte de una familia. Pero aun así, en mi mente sólo estaban las manos y los ojos de Bea. Yo buscaba esos ojos, pero ella nunca me miraba, lo que me desesperaba y me enfurecía. Y cuando encontraba su mirada, ella la apartaba de forma muy natural y me arrebataba el placer de su compañía. Yo soy un hombre testarudo. Consigo lo que quiero. Y quería coger esas manos y besar esos ojos. Bueno, ya está bien, no se burlen. Coño. Que yo era un crío, y nunca había conocido a una mujer de verdad. Porque Bea era una mujer de verdad, de esas que nacen para ser madres, que son todo cariño y atención. Sólo había que ver con que disposición llevaba la casa, como atendía a sus hermanos, de qué manera estaba siempre atenta a cada pequeño detalle. Y yo pensaba. “esto es. Esto es lo que quiero. Esto es lo que necesito. Una familia propia. Mía. Una madre para mis hijos.”

Huelga decir que durante las siguientes semanas mi presencia en casa de los Corradini era constante. Volví a cenar una y otra vez. Pero ella nunca mostraba el más mínimo interés por mí. Joder. Qué puta frustración tenía encima. Hasta que un día, jugando en la con los enanos, enseñándoles cómo se boxeaba, sorprendí una sombra agazapada, observando oculta tras la puerta. Y en esa sombra vi el azul de los ojos de Beatrice. Fue un instante, un segundo. Pero me bastó. Ese día, en ese momento, lo decidí. Beatrice Corradini iba a ser mi mujer.

Había que hacer las cosas bien. No quería cagarla. Así que empecé por donde debía. A los pocos días de darme cuenta de que Bea estaba interesada en mí, me dirigí a Gio, con todos los cojones que pude reunir, y le pedí permiso para salir con su hija. Joder, casi le da un infarto. Desde luego no se lo esperaba. Se puso blanco y empezó a balbucear cosas sin sentido. Al final me dijo que tenía que pensárselo. Que ya me lo dirían. Muy serio y altivo, aparentando estar muy seguro de mi mismo me fui a mi casa esa noche cagado de miedo. Dos días después, en el curro, Gio se acercó a mí muy serio y me dijo que mañana podría recoger a Bea a las cinco en punto, que iríamos al Paramount de Brooklyn y que a las ocho, ni un minuto más, tendríamos que estar de vuelta. Y así lo hice. Empezamos a salir un día de septiembre de 1937 y, justo un año después, le pedí al padre de Bea la mano de su hija. Un año entero esperé. Estas cosas se tienen que hacer bien. No hay vuelta de hoja. Los padres de Bea tenían que ver que iba en serio. De todas formas, antes de comprometerme con Bea había algo que debía hacer. Aún quedaba un cabo suelto en mi vida antes de empezar de nuevo.

Llevé a Bea a casa de mis padres, a que estos la conocieran, porque pensaba casarme con ella y alejarme de esa casa para siempre, pero no quería hacerlo como un cobarde. A escondidas. Así que fui un hombre y me dirigí con ella a casa de mis padres a cenar. Qué nerviosa estaba Bea. Se puso elegantísima y se mostró tan educada y discreta como era ella. Mi madre nos salió a recibir, casi con lágrimas en los ojos. A ella sí que le había hablado de Bea, pero poco. No me gustaba hablar mucho con mi madre, pero era la única persona que me dirigía la palabra en esa casa. A esas alturas ya había dejado de esperarme despierta a que volviera del trabajo. Aunque, sorprendentemente, la cena siempre me esperaba caliente sobre la mesa. Aun así, mi madre ese día parecía haber olvidado los problemas, los rencores, las traiciones. Mis hermanas, muy educadas ellas, se presentaron frente a Bea, y también parecían contentas de que alguien nuevo llegara a casa. Bea no tardó en plantarse en la cocina y empezar a discutir con mi madre, que no la quería dejar ayudar con la cena. Y aun así, Bea nunca perdía los modales. Todo el mundo parecía contento. Yo no lo estaba. Estuve tenso desde el momento en que cruzamos la puerta. No estaba cómodo. Nada de eso era real. Nosotros no éramos una familia y tratar de aparentarlo me reventaba. Sólo quería salir de allí. No volver a ver esas caras que escondían odio, remordimiento y miedo. Sólo quería volver a empezar. Y mientras tanto, mi mirada se dirigía sin parar al final del pasillo, a la puerta cerrada tras la que se ocultaba mi padre. Mi madre lo excusó diciendo que estaba enfermo. Yo le expliqué a Bea que tenía la salud delicada, y que le disculpase. La cena pasó, mi madre no paró de hablar, cosa rara en ella y Bea parecía encantada. No se dio cuenta de nada. Ni siquiera le pareció raro que mis hermanas no jugasen conmigo.

Al día siguiente, Gio me dio permiso para casarme con Bea. Acto seguido, llevé a Bea a casa de mis padres, porque ella insistió en que debíamos darles la noticia juntos. Mi madre nos abrió la puerta. No parecía haber nadie más en casa. Le dije a Bea que se quedara atrás, me acerqué a mi madre, la miré muy serio y le expliqué que me iba a casar con Bea. Mi madre me miró con lágrimas en los ojos, y asintió en silencio. Me dijo que me deseaba lo mejor en la vida, y que esperaba que fuera feliz. También me dijo que lo sentía. Entonces, la puerta de la habitación donde mi padre estaba encerrado se abrió y el asomó su cara, sin expresión. Rígida como la piedra. Atravesó el pasillo y se plantó frente a mí. Y me dio la mano. Nos miramos fijamente, en silencio y nos lo dijimos todo. Nos dijimos adiós. Nunca más volví a tenerle tan cerca. Con esto, mi anterior vida, todos los errores cometidos, quedaban olvidados. Pasados. Ahora tenía la oportunidad de empezar de nuevo, con una familia que fuera mía por derecho y naturaleza. Dios me estaba diciendo que podía hacerlo mejor. Que era mejor de loq eu había demostrado hasta ese momento. Dios me mostraba un camino.

Mi padre tampoco vino a la boda. Esa vez si era cierto que estaba enfermo. Murió pocos meses después.

BIOGRAFÍAS. CATHERINE.

martes, 1 de abril de 2008

Soy Catherine, aunque a menudo me llaman Katie. Nací el 20 marzo de 1938 en Brooklyn, NY. Pero soy una americana de raíces italianas por origen materno.

La verdad, siempre he vivido en esta ciudad, primero con mis padres y luego con mis tíos Bea y Eddie.

Mis padres Nancy y Mikel murieron en un accidente cuando yo tenía tres años. Al contrario de lo que la gente cree, por lo pequeña que era entonces, tengo recuerdos en mi cabeza de mis padres, sobre todo de mamá. Tal vez porque en casa, Bea habla mucho de su hermana Nancy. Yo creo que la admiraba muchísimo. Además Bea desde siempre había puesto una foto de mamá en mi mesita de noche, del día en que se casó. Era una mujer muy hermosa, con los ojos oscuros, profundos y vivaces, y una sonrisa fresca. Eddie y Bea decían que me parecía mucho a Nancy y a mí eso me llenaba de orgullo. Crecí admirándola, soñando que algún día sería como ella, tan bella y tan inteligente. Figúrate, mamá consiguió una beca y fue a la universidad!

Todas las noches antes de dormir rezaba a mamá. Al principio rezaba con Bea; ella juntaba mis manitas y recitábamos juntas. Decía que mamá me estaba mirando y cuidando siempre y que tenía que ser buena para no decepcionarla- para mí era como una especie de ángel omnipotente-. Siempre he luchado por actuar de forma que ella, donde quiera que estuviese, se enorgulleciese de mí. Pero a veces cuando no lo logro es su culpa sumada a la mía la que alimenta mis auto-reproches…

Desde el principio Bea y Eddie me habían explicado que mis papás estaban en el cielo, aunque estaban conmigo en todo momento. Sin embargo, recuerdo un día en que esa explicación se me quedó pequeña. Venía de clase con una nueva vecina del barrio, y me preguntó por mis padres; no se conformó con que la dijera que ellos no vivían e inquirió curiosa por qué. Recuerdo que en ese momento la odié. Odié su curiosidad maldita, pero me contagió de ella. En la cena pregunté qué había pasado exactamente con mis papás. Eddie y Bea se miraron entre la sorpresa del momento y la seguridad de haberse preparado “en equipo” para este instante tiempo a tras. Empezó con un “verás Katie” algo inseguro; pero bastó una mirada de serenidad e interés, para que se diesen cuenta de que yo ya tenía once años y antes o después iba a necesitar saber más, para ser más yo misma. Bea me contó que fue un accidente de coche, que papá murió en el acto pero mamá agonizó en el hospital varios días. Me sobrecogió una imagen mental de mamá agonizando sobre la cama de un hospital. Y no hice muchas más preguntas después de tener alguna información adicional, como que yacía irreconocible, con la cara deformada, preocupada de por mí. No quise saber más.

Meses antes había empezado a tener un sueño que se repetía con cierta asiduidad, y a veces, algunas noches, todavía vuelve. La primera vez fue tras una discusión con Bea y Eddie cuando yo tenía nueve años. Había tratado de escapar a jugar al escondite cuando estaba oscureciendo con unos niños del cole. Recuerdo que pedí permiso, pero Eddie objetó que sería mejor que jugásemos los tres en casa, porque no era bueno que una niña de diez años saliese con sus amiguitos cuando estaba oscureciendo. Protesté que era invierno y que por eso las cinco, aunque oscureciendo, no era demasiado tarde…Insistí, e insistí, pero no logré convencerles de nada. Yo tenía tantas ganas de jugar, y escuchaba las voces de los niños llamándome desde calle que, decidí salir por la ventana sin que ellos me viesen. Total, no iba a pasar nada malo y no tendrían por qué enterarse. Aquella tarde lo pasé de fábula; tan, tan de fábula que, el tiempo pareció volar. Cuando se encendían las últimas farolas me di cuenta de lo tarde que se había hecho y regresé corriendo a casa. Oh, oh! Fatídica sorpresa. Al salir había cerrado la ventana de mi dormitorio! Eso quería decir que si quería volver a entrar tendría que llamar a la puerta.

El corazón empezó a latir cada vez más fuerte y las piernas me temblaban. Noté como empezaba a sudar por la espalda, mientras esperaba la respuesta a mis dos golpecitos en la puerta. Abrió Bea muy, muy enfadada. Eddie apareció desde el otro lado del salón con una mueca de entre alivio y enojo. Con el tono de voz muy elevado, me dijo que le había prometido a mi madre en su lecho de muerte que cuidarían de mí y que con mi desobediencia traicionaban su promesa. Que ellos prometieron responsabilizarse de mí, y que a mi edad yo ya era mayorcita para poner de mi parte en ello. Fue la primera vez que Eddie citó a mi madre en un reproche, desde ahí puedo contar varias ocasiones. Me castigaron sin cenar. Estuve un largo rato llorando en el dormitorio, mientras les escuchaba hablar enfadados en el comedor, hasta que caí dormida. Y fue entonces cuando tuve este sueño por primera vez, que algunas noches se repite. Ahora lo contaré. Lo cierto es que debí dormir menos de dos horas porque cerca de las nueve y media unos golpecitos en la puerta me despertaron. Era Eddie que me traía mi sándwich favorito: jamón y queso! Que me lo dio después de hacerme prometer que nunca más iba a volver a hacer algo así. Le cambió el gesto cuando le pedí perdón. No sé si Bea llegó a saber de lo del sándwich, si quiera si fue ella la que o preparó o fue Eddie. El caso es que yo sentía que Eddie y yo éramos un equipo, y le abracé.

No le conté lo que había soñado, nunca lo he hecho a nadie hasta este momento; y la verdad temo no saber transmitirlo con fidelidad.

Ocurre en un parque muy florido, lleno de de abetos y margaritas. Yo leo un cuento sentada en el césped y llega mamá con dos helados de vainilla y chocolate. Me da un beso en la frente, y me acaricia la melena deshaciéndome las trenzas que Bea me ha hecho. Mira por encima de mi hombro me ayuda a leer el cuento. Cuando acaba me pregunta cuál es la moraleja. No recuerdo ni el tema del cuento ni lo que yo la respondí pero sí se lo que ella contestó. “La moraleja, Katie cariño, es que tienes que ser buena persona y agradecida, querer a los tuyos y luchar por ser feliz”. Es curioso, pero podría describir cada gesto de su cara al decir cada una de las palabras de esa frase. Podría describir, incluso, su tono de voz…cada vez que viene a mi memoria es tan claro…En el sueño a veces la miro atónita y asiento con la cabeza, pero otras veces reacciono de otra manera, y a penas la miro. Y es que el sueño se repite a veces, en las noches más inesperadas; otras a veces trato de soñarlo y no lo logro. Como aquella noche en que Bea y Eddie me hablaron del accidente en que fallecieron mis papis. Recuerdo el angustioso sueño de aquella noche, en que mamá llegaba al parque debilitada, medio arrastrándose, con los helados de vainilla y chocolate derritiéndose entre los dedos y el rostro descompuesto de dolor… aquella noche lo pasé fatal.

Creo que desde aquel momento empecé a sentir un miedo atroz a la muerte y al paso del tiempo. A mamá le habrían quedado tantas cosas por hacer… Creo que esa noche empecé a ser consciente de que cada día, cada instante contaba, porque era uno más para ser uno menos. Ese día empecé a sentir una creciente prisa por vivir, por experimentar, por no dejar las cosas a medio hacer.

Jugaba a imaginar lo que sería algún día cuando llegásemos a mitad de siglo y fuese mayor. Al principio me gustaba jugar a ser cantante, y viajar por todo el mundo dando conciertos. Y algún día me casaría, con un vestido tan bonito como el de la foto de mamá. Sería en un hermoso día soleado, en una alfombra de flores…, el día más feliz de mi vida estaba por llegar. A menudo jugaba con mi muñequito Catalino a las bodas.

Catalino era un muñeco de trapo y madera. Con colores desgastados y el gesto inexpresivo. Con honestidad puedo ahora decir que era feo; pero yo lo adoraba.

Me lo trajo Eddie cuando regresaba de su labor en los muelles el día de mi quinto cumpleaños. “ El muñeco más bonito del mundo para la muñeca más bonita del mundo”; me lo dio envuelto en papel de traza y cuando lo abrí me hizo tan feliz!!! Eddie me dijo que habría que darle un baño porque había aparecido mirando al mar desde el puerto, tras un viaje en barco desde un país muy lejano. Mientras Bea preparaba la cena, Eddie y yo estuvimos lavándole la carita y bautizando en la bañera a Catalino. Eddie dijo que llegó navegando en un barco llamado “Catalina” desde Europa.

Desde ese día Catalino fue mi gran amigo. Dormíamos abrazados y merendábamos juntos cuando yo volvía del cole. Un día incluso vino conmigo. La profesora nos dio permiso para que llevásemos algún juguete. Recuerdo que le también le pedí permiso a Bea para llevármelo, y ella accedió, aconsejándome que lo cuidara mucho y no lo perdiera. Esa mañana antes de ir a la escuela, me desperté nerviosa, y después de asearme, le lavé también la cara a Catalino. Le coloqué su sombrerito e incluso le pinté las uñas con lápiz! Una puesta a punto para su presentación en sociedad. Era un día muy importante para él y para mí. Todo el mundo iba a desear tener a Catalino, pero era mío. Yo era la niña más afortunada del mundo. Recordaba constantemente las palabras de Eddie al regalármelo meses atrás: “ El muñeco más bonito del mundo para la muñeca más bonita del mundo”. Le pedía a Bea que en el lunch me metiera algunas miguitas de pan para Catalino. Salí de casa entusiasmada hacia la escuela.

Llegó la hora del recreo y todas las niñas sacaron sus muñequitas de largas melenas y sus peines y las empezaron a poner a punto para un baile de princesas. Yo saqué a Catalino, expectante por ver la reacción de fascinación de las otras niñas. Nunca se me olvidará la frase de Carla ante las risas de las otras niñas: “¿qué es eso?. ¡Tú no puedes jugar a las princesas con un bicho tan feo!” Idiotas; no me dejaron jugar con ellas. Me inundó una tremenda decepción. Había preparado a Catalino con tanta ilusión para ese momento…y aquellas risas… me llené de rabia por haber sido despreciada así, no sólo yo, sino principalmente Catalino; y también Eddie, el día que me regaló con tanto cariño al muñeco más bonito del mundo!

Con mi enfado y mi decepción, no pude evitar, empujarlas e insultarlas. Me hizo sentir fatal el hecho de que las cuatro niñas estuviesen en mi contra, cuando estaba claro que la ofensa había sido hacia mí. Me parecieron tan estúpidas que las que desprecié su absurdo juego y me fui a jugar con los niños. Teníamos la suerte, en aquellos años de la infancia, de compartir el patio con los niños del colegio masculino de la calle de atrás. Aunque los colegios no eran mixtos, el patio sí lo era. Lo fue hasta que acabaron de ampliar la escuela de las chicas y entonces nos separaron del todo. Pero eso fue cerca de los ocho años.

Como iba diciendo, tras el desprecio de esas niñas, y el ridículo que había sentido con Catalino entre los brazos, lo guardé en la mochila enfadada y me fui a jugar al balón con los chicos. En cuanto pasó la pelota por mi lado la dí una patada que desvió un gol. Marco empezó a gritarme que me largara, que eso no era un juego de niñas y que se iba a chivar. Me empujó. La rabia iba creciendo en mí. Así que me salió el gesto más varonil que se me pasó por la cabeza en ese momento y le escupí. Debió tocarle el orgullo esa reacción y se puso como un loco. Gracias a Dios, la señorita que vigilaba se dio cuenta a tiempo y vino a separarnos. Empezó regañando a Marco por tratar de pegarme. Incluso le dijo que avisaría a sus padres por haberse comportado de ese modo. Me alegraba de la reprimenda que la profesora le estaba echando, pero cunado mencionó lo de avisar a su padre me entró una especie de escalofrío: dios mío, no quería que hiciesen lo mismo conmigo, y Eddie y Bea se enterasen de esto...se disgustarían muchísimo. Bueno, llegó mi parte de la regañina y la profesora insistió en que Marco llevaba razón en una cosa: jugar a la pelota con los chicos no era cosa de niñas. Asentí sin entenderlo, pero logré así que no avisasen a mi casa.

Claro está que se enteraron. Me conocían demasiado bien. Cuando Eddie llegó a casa y me vio mirando a Catalino, me preguntó que qué se contaba hoy y que si se había portado bien en la escuela. Yo guardé silencio, sin gana ninguna de decir una palabra. Entonces Eddie le rebotó la pregunta a Catalino: “¿Qué tal se ha portado hoy Katie en la escuela?” . Miré a Eddie entristecida y tratando de acabar ya con esa serie de preguntas. Le contesté que, Catalino era solo un poco de trapo y no hablaba. Eddie me miró sorprendido y extrañado. Nunca había reaccionado de esta forma con respecto a ese muñequito que era mi gran amigo. Me preguntó que qué me ocurría y le conté la historia de Marco en el patio. En principio no quería contarle lo que las niñas habían dicho de Catalino porque sabía que Eddie se disgustaría. Eddie estaba preocupado porque Marco me hubiese hecho daño. Le conté, sintiéndome muy culpable, que yo escupí a Marco, y aunque él no se enfadó sentí la necesidad, no sé muy bien por qué, de justificarme. Fue entonces cuando le conté que me fui a jugar a la pelota porque las niñas rechazaron a Catalino, por viejo y feo. Eddie obtuvo un aire muy triste. Me preguntó si a mí también me parecía feo… en casa no teníamos dinero para comprar las muñecas bonitas que llevaban algunas niñas, y sé que Eddie habría soñado con regalarme una de esas. Le dije que Catalino era un poco feo, pero era el muñequito que yo más quería en el mundo. Entonces Eddie sonrió, creo que aliviado. Me alegré.

Eddie había dado tanto por mí. Bea decía en broma que me iba a malcriar. Lo pasábamos tan bien juntos. Sólo él era capaz de gastarme bromas y hacerme reír hasta que me doliese la tripa. Era tan divertido y tan bueno…! Recuerdo una vez, en una racha en esas en que escasea el trabajo en los muelles, y con ello el dinero y la comida. Las pocas reservas que había en casa habían empezado a decrecer. Día tras día las raciones de las comidas y las cenas cada vez eran más pequeñas, y en cada desayuno la leche se diluía en más agua.

Al principio parecía que aquello duraría unos pocos días, pero ibas pasando y a penas llegaban barcos a los muelles. Bea y Eddie estaban desesperados. Recuerdo a Bea estirando al máximo los recursos. Ella y Eddie empezaron a comer sólo una vez al día. Me preguntaba cómo podían aguantar las punzadas en el estómago. A mi me dolía la tripa una vez al día y lo mejor era dormir. Fueron tres semanas muy duras para todos. Como a los quince días de que todo esto comenzase, Eddie trajo a casa un pedacito del paraíso. Regresaba de los muelles y yo debilitada jugaba con Catalino, para olvidar así la barriguita. Eddie entró sonriente y bromeó conmigo como habitualmente, pero esta vez escondía algo detrás. Impaciente traté de tirarle de la manga para que me lo mostrase, mientras me tentaba con adivinanzas.

Luego me pidió sonriente que cerrase los ojos y me limitase a oler. Me costó mantener los ojos cerrados. Dios mío… aquello olía a gloria, ¡¡era chocolate!! Pocas veces había tomado chocolate antes, sólo un par de veces por Navidad cuando Santa Claus dejaba alguna onza en el árbol. Pero el olor de aquellas onzas era inolvidable. Recuerdo perfectamente la sensación de mi boca seca poco a poco inundándose de saliva. Eddie dejó las onzas en mis manos y yo no supe qué hacer con ellas. Insistió que me las comiera… ¡Dios mío!, con aquellas ojeras que gritaban debilidad y hambre se resistía a sucumbir a la tentación, se negaba a probarlas. Al final le convencí y las repartimos, aunque muy desproporcionadamente, a penas se comió las miguillas. Al principio reservamos la mitad para Bea, aunque finalmente Eddie me la dio. Lo comí tan rápido que incluso me dio dolor de tripa. Creo que fue la primera vez que a Bea no le dije cuando me dolía la tripa… era otro secreto más entre el maravilloso Eddie y yo.

Cuando yo tenía 4 años Eddie me construyó una banqueta de madera para que llegase a la pila de la cocina, y así ayudar a Bea a fregar las cucharitas! A mí me encantaba! Sólo me dejaba fregar cucharitas, al principio, porque decía que lo demás era peligroso, pero conforme fui haciéndome mayor me iba dejando fregar más cosas. Recuerdo un día que cogí un cuchillo sucio sin que ella me viera. Era toda una hazaña. El arma más peligrosa de la cocina lo iba a fregar yo, por primera vez. Era una prueba hacia mí misma de que ya era una chica mayor, figúrate con cuatro años y medio…! Cogí el estropajo con cuidado y lo puse delicadamente envolviendo la hoja del cuchillo. Fue como una especie de ritual de consagración, como en la Iglesia, pero a la vez tenía prisa porque Bea no llegase con los últimos vasos sucios y me pillase con el instrumento más poderoso entre las manos. Oí el tintineo de los vasos llegando y saqué precipitadamente la lámina del estropajo: ay!!! Grite para mí y cuando miré la pila, el agua se estaba manchando de gotitas rojas!! Intenté disimular ante Bea, pero no tardó ni un minuto en darse cuenta. Se enfadó muchísimo. Mientras me lavaba las manos no paró de regañarme. Ya no había motivo para disimular y me puse a llorar. Fue entonces cuando Eddie entró desde el salón inquiriendo qué ocurría. Al darse cuenta de la situación recuerdo que encolerizó. Bea también acabó llorando porque Eddie la culpó por dejarme sola en la cocina. Me sentí horriblemente mal porque Bea llorase. Era yo la que me había cortado, no ella. Yo cogí el cuchillo. Ella no tenía por qué llorar. No había cogido un cuchillo a escondidas, ni…. En fin, cosas que una niña de cuatro años no puede entender… Nunca más se volvió a hablar de ello en casa, es de esas cosas de las que parece que todo el mundo ha olvidado, no sé porqué a mí se me quedó tan grabado.

Fui al la escuela del barrio desde que tenía cinco años hasta que cumplí los 16. Me gustaba mucho ir, y allí también fui una buena estudiante, trabajadora. Siempre que me contaban algo interesante procuraba retenerlo en la memoria o hacerme triple nudo en los zapatos para poder recordarlo al llegar a casa y contárselo a Eddie y a Bea. A ellos les divertían las cosas que yo contaba, pero para mí las cosas que contaba Eddie de los muelles eran mucho más interesantes!. Bea sin embargo contaba pocas historias. Estando en casa, ocurrían menos cosas que contar…a veces me apenaba su escucha y alguna vez me avergonzaba por sentir que jamás quería acabar como ella. Yo soñaba con ser como mamá e ir a la universidad.

La escuela femenina del barrio era un centro pequeño, con las aulas, aunque viejas, muy limpias. Éramos 15 ó 20 niñas en clase. Nos enseñaban a comportarnos…Existía otro centro cruzando la calle de atrás que era la escuela de chicos. Decían que siempre estaba más desordenada que la nuestra, pero era más grande. Bea siempre decía que una mujer tiene que tener su casa limpia y ordenada, que eso dice mucho del tipo de mujer que es. Todo estaba al detalle colocado y sin polvo, me encantaba ayudarla. Aunque a veces me parecía exagerada y discutíamos.

Creo que últimamente a Bea ha llegado a preocuparle más la casa que sus habitantes, no que nos quisiera menos, porque bien se que se muere por Eddie y por mí, sino porque se da más cuenta de las pelusas que de las preocupaciones de Eddie. Cuando él llega ella ya se ha encargado de que esté todo correcto y prepara la cena, sin embargo no entiendo por qué últimamente no sale a recibir a Eddie y deja, por un segundo, lo que está haciendo. Yo haga mecanografía, cocine con ella la cena, paro un instante cuando llega y voy a recibirle, sé que le encanta. Puedo ver en sus ojos que tras un duro día de trabajo el recibimiento es un regalo. Como un día, meses atrás. Eddie se marchó temprano a los muelles, constipado y con el cuerpo dolorido. A su vuelta Bea le estaba preparando una sopa caliente, pero no salió a tocarle la frente y tomarle la fiebre, a preguntarle, antes de nada, cómo estaba. Recuerdo que su primera pregunta fue “¿Eddie quieres cenar ya o más tarde?”, me quedé sorprendida. Bea antes no era así. Vi en el gesto de Eddie la misma sorpresa disfrazada, y cuando le toqué la frente me abrazó muy fuerte. Le di un beso entre las cejas como si aquel beso fuese a quitar sus males, confiábamos en que lo hiciera.

Es un ejemplo más de lo que ha venido sucediendo. Miro a Eddie y sé lo que necesita para sonreír, a veces un abrazo, un vaso de agua fresquita o un simple “cuéntame cómo estás”.

Pero antes de todo esto que estoy contando me han ocurrido muchas cosas importantes que no me quiero saltar.

El día de mi 15 cumpleaños amaneció soleado. Era domingo, lo sé porque ese día , como todos los domingos, acompañé a Eddie a comprar el periódico. Cómo era un día especial, Eddie me dijo que eligiese la revista que más me gustase. Dios mío, llevaba tanto tiempo deseando comprar una de esas revistas para chicas… Leer una revista de ese tipo era la más clara evidencia de que ya era una mujercita, y eso me llenaba de orgullo. Escogí una en la que aparecían fotos de chicas con preciosos vestidos, y fantásticos zapatos. ¡Y unas imágenes increíbles de ciudades lejanas! Miré la revista ilusionada sin separarla de la repisa del quiosco y Eddie preguntó: “¿Seguro qué es esa la que quieres?, No prefieres esta de costura, parece más interesante, ¿no?” ; no me atreví a negárselo directamente, pero creo que sin dejar de mirar aquel número de Vogue le deje claro que la prefería a la otra. “Cógela, es para ti”. Me invadió un sentimiento de emoción. No me atreví a agarrarla directamente, miré primero la revista y luego a Eddie con timidez. “Cógela, Katie. Feliz cumpleaños” repitió. La agarré y le di un beso. Desde aquel día me compra esa revista de vez en cuando. Me encanta leerla, imaginar que algún día llevaré esos vestidos, entre los edificios elegantes de Nueva York. Por las noches, después de recoger las cosas de la cena, me evado de la rutina leyendo algunos de sus artículos, a partir de los que he construido tantos sueños...tantas alas, tantos inmensos horizontes... pronto empezarían a ser realidad. Apenas un curso me separaba del final de la escuela. Cómo todo en la vida, llegó.

Fue el día de final de curso del año pasado. Me levanté esa mañana con los nervios apoderados de mi estómago, al fin todo mi esfuerzo iba a tener su fruto. ¿Era mi último día en la escuela! Me imaginaba que ese día dejaría de ser una niña para ser una mujer. Tenía muchos proyectos y sueños en la cabeza, aunque algunos por aquel entonces ya los había descartado. Por ejemplo, ir a la universidad. No estaba dentro de las posibilidades de Eddie y Bea poder pagarme una carrera (bien sé que ellos habrían soñado con hacerlo), y las notas que obtuve aunque fueron buenas, no alcanzaron para obtener una beca para la universidad. Así que entre mis opciones barajaba trabajar, ahorrar algo de dinero y viajar a aquellos lugares de las revistas. A partir de ese momento iba a disfrutar, y conocer muchas, muchísimas cosas nuevas. Con estos pensamientos llegué a casa tras la despedida en la escuela de la maestra, que me agarró la mano y me deseó suerte, diciendo que estaba convencida que triunfaría en la vida, que lo veía en mis ojos. Se me saltaron las lágrimas y embargada por la emoción corrí a casa a celebrarlo con Eddie y Bea. Mientras cenábamos les iba a contar emocionada mis proyectos, me sentía una mujer tan capaz…incluso me sirvieron un poquito de vino para celebrarlo. No es que me gustase demasiado pero para mí era ser como ellos, adulta. Poco duró sin embargo este éxtasis de felicidad. Mientras contaba mis planes Eddie me paró bruscamente. Y dijo que yo no iba a dejar de estudiar; que una cosa era no poder ir a la universidad y otra muy diferente era no estudiar alguna cosa. Me dejó bloqueada, era mi vida y la decisión iba a ser suya, no lo entendía… volvía a nombrar a mamá una vez y otra, al encargo que la hizo que cada vez me pesaba más en la espalda como una losa. Dio mío, por qué se tuvo que morir! Sentí una gran impotencia. Bea no se pronunciaba más allá de “lo mejor es que te formes Katie, tienes que querer” . Joder, y si no quería, daba igual. Entonces qué coño significaba aquella copa de vino, si no me iban a dejar decidir como una adulta. Ese vino, no era un vino de celebración, aquel vino era una farsa, un disfraz, una caricatura de la mujer que era. Lo derramé en la mesa con rebeldía. A la vez que me sentía entre triunfal y temerosísima por las consecuencias de mi acción, cómo me había atrevido a hacer semejante cosa. Eddie se enfureció, Bea trataba de calmarle, y me repetía “es por tu bien, esto es por tu bien”. La tensión duró toda la noche y al día siguiente, con más serenidad, habiéndoles pedido perdón por mi rabieta, hablamos sobre la prolongación de mis estudios. Eddie me trató diferente. Notaba que Bea había hablado con él. Me explicó con calma que estudiar mecanografía me abriría a más oportunidades, que si no acabaría sin saber hacer nada, en una casa. Supe que llevaba razón aunque me fastidiase aceptarlo y accedí.

La verdad estoy contenta con el curso, somos 20 en clase y lo pasamos fenomenal con el profesor. Además es entretenido y soy bastante ágil. Pronto acabaré. Supongo que tomé ( o tomaron, o tomó, o como sea...) la decisión adecuada, aunque uno nunca sabe que hubiese pasado de haber caminado en otra dirección.

BIOGRAFÍAS. BEATRICE.

jueves, 7 de febrero de 2008

El principio de mi vida fue feliz, o al menos todo lo feliz que se puede ser cuando eres hija de inmigrantes italianos. Vaya, que si en casa alguna vez faltaba comida, nunca faltaron otras cosas que a veces son tan importantes como la comida. Y la comida tampoco solía faltar, porque mi padre, aunque era estibador, tenía algo más de rango que los demás estibadores. Era algo así como una especie de capataz, así que no solía faltarle el trabajo.

Bueno, voy a empezar por el principio: Nací una mañana de 1920, en la casa de mis padres, Giouseppe y Beatrice Corradini, en Red Hook. Fui la segunda de cuatro hermanos. Mi hermana mayor era Nancy. Nació en 1916, al poco tiempo de llegar mis padres a América y por eso le pusieron un nombre americano. Y supongo que con el nombre vino lo demás: a ella la criaron al estilo americano. Aunque no tenían mucho dinero, mis padres quisieron que estudiara, que fuera una americana más.

Y luego nací yo y me pusieron el nombre de mi madre. Y me educaron como hubieran educado a cualquier chica italiana. Vaya, que me educaron para ser una buena esposa y sobre todo una buena madre. Y eso es lo que quise ser siempre. Por eso cuando nacieron mis hermanos pequeños, yo me comportaba como una madre con ellos. Yo siempre hice el papel de hermana mayor, porque Nancy estaba todo el día fuera de casa estudiando, y eso cuando todavía estaba en casa, porque a los 15 años (cuando yo tenía 11), mis padres la mandaron a estudiar fuera. Al fin y al cabo ella era como una chica americana.

Por eso, cuando era una niña, yo pasaba el día entero ayudando a mi madre con las tareas de la casa. Y cuando llegaban mis hermanos de la escuela, era yo la que se ocupaba de ellos. Me gustaba sentirme responsable de ellos. Recuerdo verlos jugar, y separarlos en las peleas, y si alguno se hacía daño yo le cogía y le decía: ¿no os dije que no os pelearais?, le daba un beso, tal y como lo hacía mi madre, y él me sonreía. En aquellos momentos yo era muy feliz, viendo con qué facilidad se puede hacer feliz a un niño. Mi sueño de pequeña era ese, ser algún día una madre, como la mía.

Yo quería mucho a mi madre, la admiraba. Pasaba la mayor parte del día con ella, así que hablábamos de todas las cosas que yo debía saber. Ella me enseñó muchas cosas. Me enseñó a leer y a escribir. Me enseñó a hacer las tareas de la casa. Me enseñó lo que hay que hacer y lo que no. A tratar a la gente. Además aprendí de ella la religión. En casa la religión era importante. Siempre antes de cenar mi padre rezaba una oración dando gracias por lo que íbamos a comer. Y todos guardábamos silencio y le escuchábamos. Realmente yo nunca hablaba en la mesa, nunca hablaba cuando estaba mi padre. Siempre trataba de escucharle. Teníamos mucho respeto por mi padre. Bueno, todos le queríamos mucho porque él nos quería, así es como se ganaba el respeto.

Recuerdo que cuando llegaba a casa cansado de trabajar, lo primero que hacía era darle un beso a mi madre, y ella le sonreía y le preguntaba por el día de trabajo. Después, si los niños seguíamos despiertos, nos saludaba a todos pasándonos la mano por la cabeza. Yo disfrutaba esos momentos del día. Como cuando nos sentábamos a su alrededor a escuchar las historias que pasaban entre los estibadores, mientras mi madre terminaba de preparar la cena. Yo veía a mi padre como a alguien importante y grande.

Precisamente en una de esas conversaciones oí hablar a mi padre por primera vez de Eddie. Nos contó que había un chico nuevo que era muy fuerte y trabajador. Poco a poco, conforme pasaba el tiempo, cada vez oíamos hablar más de Eddie. Nos contaba maravillas de ese chico. Y un día de 1936 nos dijo que a la noche siguiente iba a venir a cenar. Yo tenía mucha curiosidad porque había oído hablar mucho de ese chico. Ese día, no se porqué, me puse un poco nerviosa. Me puse muy guapa y traté de ayudar a mi madre a que todo estuviera perfecto.

Cuando Eddie entró por primera vez en casa, yo estaba en la cocina. Mi padre nos llamó a mi madre y a mí para presentarnos al chico. Yo realmente tenía mucha vergüenza cuando conocí a Eddie, de hecho creo que hasta me puse roja, porque no estaba acostumbrada a tratar con chicos de mi edad. Solo recibíamos visitas de vez en cuando, y siempre eran de amigos de mis padres, parejas ya mayores, y yo, por supuesto, no participaba en las conversaciones. Bueno, si me preguntaban yo contestaba, pero vaya, que no tenía mucha relación con nadie de fuera de mi familia. En fin, me pareció un chico muy simpático y bien parecido. Le estuve mirando y escuchando durante toda la cena. Mi padre y él estuvieron hablando de cosas del trabajo, y realmente lo pasamos bien. Yo no dije nada, pero me ponía colorada cada vez que, al pasarle un plato o servirle la sopa, cruzábamos una mirada.

Después de esa noche, poco a poco se hizo frecuente que Eddie viniese a cenar. A mí me empezó a gustar, aunque no sabía muy bien qué era lo que sentía, porque nunca me había pasado nada así. Me quedaba como tonta mirándole cuando cenábamos. Creo que mi madre notó algo, porque de vez en cuando sacaba el tema de Eddie cuando estábamos limpiando o lavando. Pero a mí me daba mucha vergüenza hablar de Eddie con ella.

Después de cenar, Eddie a veces se ponía a jugar con mis hermanos pequeños. A mí me gustaba de él que se portaba como un padre con ellos. Un día, Eddie estaba enseñando a boxear a mis hermanos, y yo estaba mirándole detrás de la puerta de la cocina, cuando él se dio cuenta de que le estaba mirando. Yo me fui corriendo, porque me dio mucha vergüenza, y no salí más de la cocina en toda la noche hasta que me llamaron porque se iba a ir y nos teníamos que despedir.

A los pocos días de eso, una noche que vino Eddie a cenar, cuando fue a despedirse de mi padre, y yo ya estaba en la cocina (por supuesto, estaba mirando detrás de la puerta), vi que Eddie se ponía más serio de lo normal, y casi tartamudeando, le pidió a mi padre permiso para salir conmigo. Y al día siguiente estábamos limpiando las ventanas mi madre y yo, y me dice que qué me parecería salir con Eddie, que él se lo había pedido a mi padre. Bueno, a mí me dio mucha vergüenza, y casi no pude ni decir que sí, pero en ese momento fui feliz.

El primer día que salimos juntos Eddie y yo fue un poco extraño. Yo estaba asustada porque nunca había salido a solas con ningún chico que no fuera de la familia, pero a la vez estaba expectante por la nueva experiencia. Llegó a casa a recogerme a las cinco en punto, tal y como le había dicho a mi padre que haría. Estaba más serio de lo normal, y cuando llegó solo le dio la mano a mi padre (normalmente el saludo era más efusivo), le dijo que me llevaría al cine y que tal y como mi padre le había dicho, a las ocho en punto estaría en casa.

Fuimos al cine casi sin hablar. No se cual de los dos estaba más nervioso. Ni siquiera nos dimos la mano. Yo no sabía de qué hablar, pero estaba a gusto con él. Y de repente, no se porqué, salió el tema de mis hermanos, y a mí se me iluminó la cara. Me dijo que una vez vio que yo le estaba mirando cuando le enseñaba a mis hermanos a boxear (a mí esto me dio mucha vergüenza), y que fue entonces cuando decidió que iba a pedirle a mi padre salir conmigo. Supongo que como vio que yo me cortaba, empezó a hablar de lo primero que se le ocurrió, y me empezó a hablar del boxeo. Yo le escuchaba fascinada. Me gustaba oírle hablar de este tema, porque se notaba que sabía mucho, y que lo disfrutaba. Volvimos antes de las ocho, y yo al ir a dormir tenía una sonrisa enorme en la cara. Era estupendo. A partir de entonces yo vivía esperando que llegara el sábado para que Eddie me llevara a pasear o al cine.

Otra cosa que me gustaba de él es que a veces me preguntaba y me pedía opinión sobre las cosas. A mí nunca nadie me había preguntado, ni había tenido en cuenta lo que pensaba para nada. Pero parecía que él me escuchaba. Incluso cuando venía a cenar a casa, empezó a meterme en las conversaciones. Eso sí, desde que empezamos a salir juntos, él empezó a ser más serio con mi padre. Parecía que quería demostrarle algo, como que era un hombre mayor. Vamos, que podía ser un buen marido para mí. Además si podía, trabajaba lejos de mi padre, supongo que para que viera que podía cuidar de sí mismo.

Pero a mis padres les gustaba Eddie, esto era así, él no tenía que demostrarles nada. De hecho, después de cenar, hasta mi padre hacía como que ayudaba a recoger la mesa, para dejarnos estar un rato a solas (eso sí, yo sabía que se quedaba vigilando detrás de la puerta). Mis padres estaban encantados con Eddie.

En cuanto a su familia, yo tenía mucha curiosidad, pero cada vez que le preguntaba a Eddie, sacaba otro tema o algo así, no entendía porqué. Pero un día, cuando ya llevábamos casi un año saliendo, decidió llevarme a su casa a conocer a sus padres. Llegué y conocí a su madre y a su hermano pequeño. Su padre no bajó porque decía que estaba enfermo, a mí me pareció muy raro. La madre de Eddie me pareció encantadora, y su hermano también.

Pasamos exactamente un año saliendo cuando en 1938, en una de estas cenas en casa, al final Eddie le dice a mi padre que si le da permiso para casarse conmigo, que será un buen esposo para mí, y que me cuidará como merezco. La verdad es que casi ni hizo falta que mi madre hablara conmigo, pues se me veía la felicidad en la cara. Al fin iba a tener mi sueño: iba a tener un marido y tener hijos con él.

Cuando mi padre le dijo que sí a Eddie, se puso tan contento que un día me coge de la mano, me lleva a casa de sus padres (con todo lo que eso suponía para él), y entramos de la mano, y le dice a su madre que nos vamos a casar. Entonces, ví por primera vez a su padre, que al escuchar la noticia bajó, y muy serio, le dio la enhorabuena. Hubo un cruce de miradas entre ellos dos en el que ví algo de rencor, como si hubiera algo oculto. Pero no le di importancia. Al fin y al cabo yo era feliz.

En la boda yo estaba feliz. Bueno, tal y como debe estar una novia en su boda. Solo hubo una cosa que me extrañó, y es que los padres de Eddie solo estuvieron en la ceremonia de la boda, nos dieron la enhorabuena con seriedad (sobre todo el padre), y se fueron antes de la fiesta.

Los primeros momentos del matrimonio fueron muy felices. Yo pasaba el día arreglando la casa y esperando el momento en el que Eddie volviera para que todo fuera estupendo. Y cuando volvía del trabajo lo primero que hacía era darme un beso, como me gustaba ver en mis padres. Él era conmigo todo lo que había soñado siempre. Me trataba tan bien como mi padre trataba a mi madre, era lo que yo siempre quise. No teníamos mucho dinero, pero éramos felices. Bueno, había semanas en las que no había trabajo, pero normalmente los capataces le elegían a él para trabajar, porque era fuerte y trabajador, y por eso yo estaba muy orgullosa de él. Algunas veces, los sábados, salíamos a pasear, y él me contaba cosas de lo que pasaba en los muelles, o de sus compañeros.

Pero el tiempo pasaba, y yo no me quedaba embarazada, y eso comenzó a preocuparnos. Creo que primero me empezó a preocupar a mí, después de todo, ese era mi sueño, tener hijos. No entendía qué estaba haciendo mal, no lo podía entender. Poco a poco este hecho se fue haciendo más evidente y presente, aunque evitábamos hablar de ello. Y no solo me preocupaba por mí, sino también por él. Yo sabía que Eddie quería tener hijos, era mi deber como esposa dárselos, y no entendía porqué no podía cumplir este deber. Pero un día tuvimos que hablar del asunto. Eddie se portó bastante bien conmigo, y me dijo que solo era cuestión de intentarlo más. Así que cuanto más tiempo pasaba, más ganas tenía él de intentarlo, y yo lo evitaba, porque estaba convencida de que jamás podría darle un hijo, y cuanto más lo intentáramos, más evidente sería.

Y justo entonces, cuando mi estado de ánimo casi alcanzaba la desesperación, mi hermana Nancy volvió a Brooklin, con su hija Catherine y su marido Milles. Ella había ido a estudiar a la universidad, y allí había conocido a Milles. Se habían enamorado, y ella se había quedado embarazada antes de terminar la carrera. Así, Catherine nació en 1937, y a finales de 1938 Nancy y Milles se mudaron a Brooklin en busca de trabajo, a una casa de nuestro vecindario.

A partir de ese momento las visitas a la casa de mi hermana fueron algo fundamental en nuestra vida. Parecía que todo el amor que no podíamos darle a nuestros hijos, que no teníamos, lo volcábamos en nuestra sobrina Catherine. Íbamos mucho a cenar con ellos, y entonces Eddie siempre jugaba con la criatura y le hacía mil carantoñas, vaya, que Eddie la adoraba. Y cuando volvíamos a casa, siempre quería volver a intentar tener hijos, pero yo no quería, porque ya le había dicho que no lo lograría, y estaba más que harta de ese asunto.

En 1940 pasó una de las cosas más tristes de mi vida. Todo empezó una tarde de esas que íbamos a casa de Nancy y Milles. Estábamos cenando, y de repente oímos unos gritos en la casa de los Bolzano, los vecinos de enfrente. Poco a poco el ruido de los gritos fue aumentando, y se empezaron a oír también como cacharros rotos. Entonces el ruido salió al rellano de la escalera, y salimos para ver qué ocurría. Y lo que vimos fue horrible. Dios nos libre de volver a ver algo así. El padre de familia y los hermanos estaban sacando de la casa a golpes a uno de los hijos, Vinny, que no tendría más de 14 años. Entre todos le agarraron y le hicieron bajar los tres pisos por las escaleras, con la cabeza dando golpes como un coco. Eddie nos dijo a Nancy y a mí que entráramos, pero queríamos saber qué ocurría. Fue horrible ver aquello. Entonces Eddie preguntó a uno de los hermanos qué pasaba, y este le contó que tenían un tío escondido en casa y el chico había ido con el cuento a inmigración. Entonces Eddie lo entendió todo. Por fin Nancy, Catherine y yo nos metimos en la casa, y los hombres bajaron a ver qué pasaba. Nancy se puso a mirar por la ventana todo lo que ocurría, pero yo estaba abrazando a Catherine y consolándola, que estaba muy asustada, porque había oído los gritos, y visto lo que había ocurrido en el rellano. Así que Nancy me iba contando lo que sucedía. Debió de ser una escena horrible. El padre y los hermanos del chico le escupían y pegaban. Todo el vecindario lloraba. Pero él lo merecía.

Cuando todo pasó, Eddie y Milles subieron al piso. Pero subían discutiendo. Milles no podía entender a la familia de Vinny Bolzano. Por mucho que hubiese delatado a su propio tío, no entendía que le hicieran eso. Y Eddie trataba de explicarle lo que ocurría, y que la familia tenia razón. Intentaba explicarle que el chico había faltado al honor de la familia. Pero Milles no lo entendía. Volvimos a casa muy tarde, y Eddie estaba muy enfadado.

Uno de los días siguientes a lo de Vinny, Milles decidió ir a hacer un viaje a donde él nació, porque decía que necesitaba salir de ese ambiente en el que estaba en el vecindario. No nos entendía, y quería salir de allí unos días. Así que como iban a hacer un viaje largo en pocos días, nos dejaron a Catherine, que entonces tenía tres años y era pequeña para viajar. Eddie estaba encantado con la idea de cuidar de Catherine, y yo también. Y entonces fue cuando pasó: Mi hermana y su marido tuvieron un accidente, cerca de la ciudad. Milles murió en el acto, y a mi hermana la llevaron cuando agonizaba al hospital. Cuando fuimos a verla, lo que vimos fue terrible. Dios mío, todavía recuerdo su cara desfigurada por las heridas y llena de sangre. Pudimos hablar una última vez con ella. Y en esos últimos momentos, mi hermana nos pidió que criásemos a Catherine como si fuera nuestra propia hija. Eddie no pudo ni pensarlo, en el estado en el que se encontraba Nancy sería un deshonor decir que no. Él mismo dio su palabra de que cuidaría de Catherine y que tendría todo lo que merecía. Mi hermana murió poco después en aquel hospital.

La muerte de mi hermana fue dura para mí. Pero creo que lo más duro para los dos fue el hecho de que, al adoptar a nuestra sobrina, de alguna manera estábamos asumiendo que nunca podríamos tener un hijo propio. No lo hablamos, pero para nosotros fue una evidencia, y yo se lo notaba a él. A partir de entonces, Eddie se volcó en Catherine como si fuera su propia hija, y pasó a ser su prioridad. Se preocupaba mucho por ella, y cuando llegaba de trabajar, lo primero que hacía era preguntar por Katie. Y si volvía temprano, o no había trabajo, Eddie se ponía a jugar con ella. Yo creo que a Catherine cuando era pequeña no le faltó nada. Ella era la primera en la casa, eso era así. Si no había comida para todos, ella nunca se quedaba sin comer. Y tampoco le faltó cariño. En realidad yo misma también me volqué en ella. Me gustaba hacerle peinados bonitos y que fuera la más guapa de todas las niñas del barrio. Era un tesoro para nosotros.

Y Catherine fue creciendo, y la metimos en la escuela. Los dos estuvimos de acuerdo en que estudiara. Después de todo, su madre había sido universitaria. A Nancy le habría gustado que su hija estudiara. Así que Katie estudió. Y era muy buena estudiante, vamos, siempre era la mejor de la clase. Y Eddie estaba muy orgulloso de ella. Y todos los días le preguntaba qué había aprendido nuevo.

Pero supongo que en todas las casas hay problemas de vez en cuando. Nuestro mayor problema era cuando faltaba trabajo. Mi padre siempre le ofrecía trabajo a Eddie, pero él parecía querer demostrarle algo, y nunca trabajaba con mi padre. Bueno, de hecho a veces estaba sin trabajar por no aceptar que mi padre le diera trabajo. Vaya, que a veces faltaba el dinero por su cabezonería. Y yo no lo soportaba, estaba más que harta de ver que Eddie dejaba de aceptar un trabajo por el hecho de que se lo ofreciera mi padre. Yo a veces se lo decía, pero él se enfadaba. Me decía que si yo pensaba que él no podía trabajar sin la ayuda de mi padre, que si creía que era un holgazán. Por supuesto que yo no pensaba eso, pero no me gustaba ese rollo de no aceptar trabajo de mi padre.

Cuando más grave fue este problema, es cuando a mis padres se les quemó la casa. Ellos me pidieron quedarse a dormir en nuestra casa, porque no tenían dónde ir. Yo se lo dije a Eddie, y él dijo que sí. Pero noté que a él no le gustaba que mis padres estuvieran en su casa. Sobre todo mi padre. Bueno, en realidad Eddie hasta durmió en el suelo para que mis padres durmieran en cama. Pero yo le notaba raro, estaba muy picajoso, y evitaba a mi padre. Y mi padre, que estaba muy agradecido, iba detrás de Eddie diciéndole que ya nunca trabajaba con él, le decía que fuese tal día a descargar tal barco, pero Eddie siempre se negaba. Entonces, una tarde de las que todavía estaban mis padres en casa, fui a hablar con Eddie. Le dije que mi padre estaba muy agradecido de lo que estaba haciendo por él, y que tal vez debería aceptar trabajar con él de vez en cuando. Entonces Eddie se enfadó, y me dice que no vuelva a decirle ni una palabra del asunto. Yo le pedí perdón. Pero a partir de entonces ya no fue igual que siempre. Él se quejaba por todo, por cosas pequeñas que nunca se había quejaba. Y yo sabía que era por el asunto de mi padre, pero prefería no decir nada, porque sabía que si decía algo, volvería a enfadarse conmigo.

Catherine fue creciendo, y cuando tenía 14 años acabó el colegio. Entonces yo pensaba buscarla un novio, o un trabajo, como hacían las chicas americanas. Que saliera, para que empezase a ser más independiente. No tenía nada en contra de ella, pero era hora de que fuese saliendo. Ya iba siendo mayor. Ya iba siendo hora de que otra vez lo primero que hiciera Eddie al llegar a casa fuera darme un beso, y no preguntar por Katie, o recibir su abrazo. Además si seguía estudiando, las nuevas clases serían más caras, y nosotros no teníamos dinero suficiente. Pero Eddie decidió que la chica siguiera estudiando. Decía que le había prometido a su madre que cuidaría de ella, y que a ella le habría gustado que su hija estudiara más que el colegio. Que Katie al menos estudiara mecanografía, para que así pudiera trabajar en una oficina. A mí no me gustaba mucho la idea, pero lo acepté, por la memoria de mi hermana. Así que la chica siguió estudiando.

Pero las clases eran caras, y Eddie no siempre tenía trabajo. Entonces empezó una época muy dura para los tres. Había días que no teníamos qué comer. Cuando Eddie pasaba sin trabajar una semana, solo teníamos dinero para pagar las clases de Katie, así que había días que no teníamos nada que comer, y yo tenía que hacer alguna sopa con un hueso que ya había utilizado antes, o con perejil. Realmente pasamos hambre.

Entonces un día hablando con mi madre, me dice que padre va a dejar su puesto de estibador, que tiene ahorrado un dinero, y que va a poner un negocio, como siempre quiso hacer. Mi padre tenía un puesto importante, y yo sabía que él miraba con buenos ojos a Eddie, que no le importaría que fuese su sucesor. Yo sabía que podía buscarme un problema con Eddie, pero prefería hacer algo que morirnos de hambre. Así que fui donde mi padre y le pedí que recomendara a Eddie para su puesto de trabajo. Él me dijo que ya tenía pensado hacerlo.

En un par de semanas, cuando mi padre dejó su puesto de estibador, ascendieron a Eddie. A partir de entonces Eddie siempre tenía trabajo y no faltaba la comida en casa. Los problemas de dinero se solucionaron. Pero la gente empezó a hablar sobre cómo había conseguido el puesto Eddie, y él oyó comentarios. Creo que hasta llegó a ponerse violento con algún compañero de trabajo. Entonces Eddie viene y me pregunta si le he pedido a mi padre que le recomendara. Yo no quería decirle que sí, pero tampoco podía mentirle. Él se enfadó mucho conmigo, fue terrible. Nunca me pegó, pero habría preferido que me pegara a cómo me trató.

A partir de entonces yo siempre tenía miedo de pedirle las cosas claramente, y si quería algo, no le preguntaba, sólo lo hacía y luego intentaba que él lo entendiera. Esto le molestaba, pero yo no quería que se enfadara, así que intentaba convencerle sin que se diera cuenta de que le estaba intentando convencer de nada.

Pero al menos ya no pasábamos hambre. Mis preocupaciones eran otras. Reconozco que empezó a preocuparme la manera en la que Eddie trataba a Catherine. No entendía porqué no quería dejarla salir. Lo normal era que una chica de 16 años fuese al cine con sus amigas, saliese a la calle por las tardes. No se, que fuese más independiente, digo yo. Pero a Eddie no le gustaba que Katie estuviese en la calle. Se preocupaba mucho por ella. La seguía tratando como si fuera una niña. Pero claro, es que ella se seguía comportando como una niña. Yo intenté decírselo a los dos, pero hacían como que no oían. Y a mí me molestaba no ser la primera para Eddie. Porque no era normal que con 16 años la siguiera tratando así. Ya era una mujer, eso era así. Y era ella a la primera que abrazaba al llegar a casa. Se lo dije mil veces, pero la situación no cambiaba, seguían actuando de la misma manera.

De todas formas yo me llevaba muy bien con Catherine. Vaya, yo tenía que hacer de madre con ella. Así que cuando ella quería pedirle algo a Eddie, primero lo hablaba conmigo, y juntas pensábamos cómo convencerle. Como la primera vez que quiso salir por la tarde con sus amigas del colegio. Ella tenía miedo de pedírselo a Eddie, porque sabía que le diría que no. Así que me lo dijo a mí primero, y luego yo convencí a Eddie. Siempre lo hacíamos así.

Un día que yo había ido donde mi madre a pasar la tarde con ella, me dice que ha recibido una carta de unos primos de Italia, que dicen que quieren venir a América a trabajar porque en Italia no hay trabajo, y que Padre no puede darles trabajo. Me dice que si Eddie puede conseguirles un trabajo. Yo le dije que se lo preguntaría.

No sabía cómo preguntarle esto a Eddie. No quería tener más problemas con él. Un día mientras estábamos cenando, le pregunté si sabía cómo se hace para venir desde Italia y conseguir trabajo en los muelles. Él me explicó como se hacía, y luego me preguntó porqué quería saberlo. Yo le dije que por nada en especial, que bueno, que unos primos estaban pensando en venir y no sabían cómo se hacía. Entonces él dijo que a lo mejor podría hablar con Toni, que se dedicaba a traer chicos de Italia.

Como ví que Eddie cedía, les escribí diciendo que probablemente podrían venir a casa. Ya lograría yo convencer a Eddie. Y lo hice de la misma forma que logré que hablara con Toni. Le dije que si sabía de algún sitio donde pudieran quedarse, que no conocían a nadie. Él no quería decir que se quedaran en casa, pero yo sabía que lo estaba pensando. Así que cuando yo ya sabía que estaba convencido, le comenté que quizás pudiesen quedarse, solo al principio, en casa. Él puso mala cara y dijo que no, pero yo fui convenciéndole poco a poco. Al final aceptó que se quedaran con tal que pagaran un alquiler. Yo sabía que él y su sentido del honor no le permitirían hacer pagar a los primos, así que dije que sí y callé.

Desde que Eddie aceptó que los primos llegaran había más tensión todavía en el ambiente. Nos dijo mil veces lo que teníamos y lo que no teníamos que hacer. Estaba muy nervioso, supongo que los dos teníamos en la mente lo que le había pasado a Vinny Bolzano. Pero no lo decíamos. Era algo que no queríamos recordar. Teníamos miedo de que la familia pudiera partirse con la llegada de los primos.

Un día, al llegar de las clases, me dice Catherine que le han ofrecido un trabajo, que es en unas oficinas en Nostran Avenue, y que le pagaran 50 dólares a la semana. Entonces Catherine y yo, tal y como habíamos hecho tantas veces, pensamos un plan para convencer a Eddie.

Pero el día que se lo ibamos a decir...

Acting Blogs - Blog Catalog Blog Directory
Directorio de blogs
The House Of Blogs, directorio de blogs
BlogESfera Directorio de Blogs Hispanos - Agrega tu Blog
blogs

directorio de weblogs. bitadir