PANORAMA DESDE EL PUENTE

Honor, justicia, ley, amor, odio, impulsos irrefrenables, obsesión, pasiones, celos... con el transfondo de la inmigración ilegal en el Nueva York de los años 50.
Estos son los ingredientes de "Panorama desde el puente", una de las mejores obras de Arthur Miller. Y esta es una de las obra que vamos a representar este año en "No Es Culpa Nuestra".
En esta páginas te hablaremos de la obra, del autor, de los personajes, de la época, del entorno social, de los entresijos de un montaje tan complicado y de nuestra visión del mismo.
Si no conoces la obra o quieres conocerla más a fondo, este es tu sitio.

BIOGRAFÍAS. BEATRICE.

jueves, 7 de febrero de 2008

El principio de mi vida fue feliz, o al menos todo lo feliz que se puede ser cuando eres hija de inmigrantes italianos. Vaya, que si en casa alguna vez faltaba comida, nunca faltaron otras cosas que a veces son tan importantes como la comida. Y la comida tampoco solía faltar, porque mi padre, aunque era estibador, tenía algo más de rango que los demás estibadores. Era algo así como una especie de capataz, así que no solía faltarle el trabajo.

Bueno, voy a empezar por el principio: Nací una mañana de 1920, en la casa de mis padres, Giouseppe y Beatrice Corradini, en Red Hook. Fui la segunda de cuatro hermanos. Mi hermana mayor era Nancy. Nació en 1916, al poco tiempo de llegar mis padres a América y por eso le pusieron un nombre americano. Y supongo que con el nombre vino lo demás: a ella la criaron al estilo americano. Aunque no tenían mucho dinero, mis padres quisieron que estudiara, que fuera una americana más.

Y luego nací yo y me pusieron el nombre de mi madre. Y me educaron como hubieran educado a cualquier chica italiana. Vaya, que me educaron para ser una buena esposa y sobre todo una buena madre. Y eso es lo que quise ser siempre. Por eso cuando nacieron mis hermanos pequeños, yo me comportaba como una madre con ellos. Yo siempre hice el papel de hermana mayor, porque Nancy estaba todo el día fuera de casa estudiando, y eso cuando todavía estaba en casa, porque a los 15 años (cuando yo tenía 11), mis padres la mandaron a estudiar fuera. Al fin y al cabo ella era como una chica americana.

Por eso, cuando era una niña, yo pasaba el día entero ayudando a mi madre con las tareas de la casa. Y cuando llegaban mis hermanos de la escuela, era yo la que se ocupaba de ellos. Me gustaba sentirme responsable de ellos. Recuerdo verlos jugar, y separarlos en las peleas, y si alguno se hacía daño yo le cogía y le decía: ¿no os dije que no os pelearais?, le daba un beso, tal y como lo hacía mi madre, y él me sonreía. En aquellos momentos yo era muy feliz, viendo con qué facilidad se puede hacer feliz a un niño. Mi sueño de pequeña era ese, ser algún día una madre, como la mía.

Yo quería mucho a mi madre, la admiraba. Pasaba la mayor parte del día con ella, así que hablábamos de todas las cosas que yo debía saber. Ella me enseñó muchas cosas. Me enseñó a leer y a escribir. Me enseñó a hacer las tareas de la casa. Me enseñó lo que hay que hacer y lo que no. A tratar a la gente. Además aprendí de ella la religión. En casa la religión era importante. Siempre antes de cenar mi padre rezaba una oración dando gracias por lo que íbamos a comer. Y todos guardábamos silencio y le escuchábamos. Realmente yo nunca hablaba en la mesa, nunca hablaba cuando estaba mi padre. Siempre trataba de escucharle. Teníamos mucho respeto por mi padre. Bueno, todos le queríamos mucho porque él nos quería, así es como se ganaba el respeto.

Recuerdo que cuando llegaba a casa cansado de trabajar, lo primero que hacía era darle un beso a mi madre, y ella le sonreía y le preguntaba por el día de trabajo. Después, si los niños seguíamos despiertos, nos saludaba a todos pasándonos la mano por la cabeza. Yo disfrutaba esos momentos del día. Como cuando nos sentábamos a su alrededor a escuchar las historias que pasaban entre los estibadores, mientras mi madre terminaba de preparar la cena. Yo veía a mi padre como a alguien importante y grande.

Precisamente en una de esas conversaciones oí hablar a mi padre por primera vez de Eddie. Nos contó que había un chico nuevo que era muy fuerte y trabajador. Poco a poco, conforme pasaba el tiempo, cada vez oíamos hablar más de Eddie. Nos contaba maravillas de ese chico. Y un día de 1936 nos dijo que a la noche siguiente iba a venir a cenar. Yo tenía mucha curiosidad porque había oído hablar mucho de ese chico. Ese día, no se porqué, me puse un poco nerviosa. Me puse muy guapa y traté de ayudar a mi madre a que todo estuviera perfecto.

Cuando Eddie entró por primera vez en casa, yo estaba en la cocina. Mi padre nos llamó a mi madre y a mí para presentarnos al chico. Yo realmente tenía mucha vergüenza cuando conocí a Eddie, de hecho creo que hasta me puse roja, porque no estaba acostumbrada a tratar con chicos de mi edad. Solo recibíamos visitas de vez en cuando, y siempre eran de amigos de mis padres, parejas ya mayores, y yo, por supuesto, no participaba en las conversaciones. Bueno, si me preguntaban yo contestaba, pero vaya, que no tenía mucha relación con nadie de fuera de mi familia. En fin, me pareció un chico muy simpático y bien parecido. Le estuve mirando y escuchando durante toda la cena. Mi padre y él estuvieron hablando de cosas del trabajo, y realmente lo pasamos bien. Yo no dije nada, pero me ponía colorada cada vez que, al pasarle un plato o servirle la sopa, cruzábamos una mirada.

Después de esa noche, poco a poco se hizo frecuente que Eddie viniese a cenar. A mí me empezó a gustar, aunque no sabía muy bien qué era lo que sentía, porque nunca me había pasado nada así. Me quedaba como tonta mirándole cuando cenábamos. Creo que mi madre notó algo, porque de vez en cuando sacaba el tema de Eddie cuando estábamos limpiando o lavando. Pero a mí me daba mucha vergüenza hablar de Eddie con ella.

Después de cenar, Eddie a veces se ponía a jugar con mis hermanos pequeños. A mí me gustaba de él que se portaba como un padre con ellos. Un día, Eddie estaba enseñando a boxear a mis hermanos, y yo estaba mirándole detrás de la puerta de la cocina, cuando él se dio cuenta de que le estaba mirando. Yo me fui corriendo, porque me dio mucha vergüenza, y no salí más de la cocina en toda la noche hasta que me llamaron porque se iba a ir y nos teníamos que despedir.

A los pocos días de eso, una noche que vino Eddie a cenar, cuando fue a despedirse de mi padre, y yo ya estaba en la cocina (por supuesto, estaba mirando detrás de la puerta), vi que Eddie se ponía más serio de lo normal, y casi tartamudeando, le pidió a mi padre permiso para salir conmigo. Y al día siguiente estábamos limpiando las ventanas mi madre y yo, y me dice que qué me parecería salir con Eddie, que él se lo había pedido a mi padre. Bueno, a mí me dio mucha vergüenza, y casi no pude ni decir que sí, pero en ese momento fui feliz.

El primer día que salimos juntos Eddie y yo fue un poco extraño. Yo estaba asustada porque nunca había salido a solas con ningún chico que no fuera de la familia, pero a la vez estaba expectante por la nueva experiencia. Llegó a casa a recogerme a las cinco en punto, tal y como le había dicho a mi padre que haría. Estaba más serio de lo normal, y cuando llegó solo le dio la mano a mi padre (normalmente el saludo era más efusivo), le dijo que me llevaría al cine y que tal y como mi padre le había dicho, a las ocho en punto estaría en casa.

Fuimos al cine casi sin hablar. No se cual de los dos estaba más nervioso. Ni siquiera nos dimos la mano. Yo no sabía de qué hablar, pero estaba a gusto con él. Y de repente, no se porqué, salió el tema de mis hermanos, y a mí se me iluminó la cara. Me dijo que una vez vio que yo le estaba mirando cuando le enseñaba a mis hermanos a boxear (a mí esto me dio mucha vergüenza), y que fue entonces cuando decidió que iba a pedirle a mi padre salir conmigo. Supongo que como vio que yo me cortaba, empezó a hablar de lo primero que se le ocurrió, y me empezó a hablar del boxeo. Yo le escuchaba fascinada. Me gustaba oírle hablar de este tema, porque se notaba que sabía mucho, y que lo disfrutaba. Volvimos antes de las ocho, y yo al ir a dormir tenía una sonrisa enorme en la cara. Era estupendo. A partir de entonces yo vivía esperando que llegara el sábado para que Eddie me llevara a pasear o al cine.

Otra cosa que me gustaba de él es que a veces me preguntaba y me pedía opinión sobre las cosas. A mí nunca nadie me había preguntado, ni había tenido en cuenta lo que pensaba para nada. Pero parecía que él me escuchaba. Incluso cuando venía a cenar a casa, empezó a meterme en las conversaciones. Eso sí, desde que empezamos a salir juntos, él empezó a ser más serio con mi padre. Parecía que quería demostrarle algo, como que era un hombre mayor. Vamos, que podía ser un buen marido para mí. Además si podía, trabajaba lejos de mi padre, supongo que para que viera que podía cuidar de sí mismo.

Pero a mis padres les gustaba Eddie, esto era así, él no tenía que demostrarles nada. De hecho, después de cenar, hasta mi padre hacía como que ayudaba a recoger la mesa, para dejarnos estar un rato a solas (eso sí, yo sabía que se quedaba vigilando detrás de la puerta). Mis padres estaban encantados con Eddie.

En cuanto a su familia, yo tenía mucha curiosidad, pero cada vez que le preguntaba a Eddie, sacaba otro tema o algo así, no entendía porqué. Pero un día, cuando ya llevábamos casi un año saliendo, decidió llevarme a su casa a conocer a sus padres. Llegué y conocí a su madre y a su hermano pequeño. Su padre no bajó porque decía que estaba enfermo, a mí me pareció muy raro. La madre de Eddie me pareció encantadora, y su hermano también.

Pasamos exactamente un año saliendo cuando en 1938, en una de estas cenas en casa, al final Eddie le dice a mi padre que si le da permiso para casarse conmigo, que será un buen esposo para mí, y que me cuidará como merezco. La verdad es que casi ni hizo falta que mi madre hablara conmigo, pues se me veía la felicidad en la cara. Al fin iba a tener mi sueño: iba a tener un marido y tener hijos con él.

Cuando mi padre le dijo que sí a Eddie, se puso tan contento que un día me coge de la mano, me lleva a casa de sus padres (con todo lo que eso suponía para él), y entramos de la mano, y le dice a su madre que nos vamos a casar. Entonces, ví por primera vez a su padre, que al escuchar la noticia bajó, y muy serio, le dio la enhorabuena. Hubo un cruce de miradas entre ellos dos en el que ví algo de rencor, como si hubiera algo oculto. Pero no le di importancia. Al fin y al cabo yo era feliz.

En la boda yo estaba feliz. Bueno, tal y como debe estar una novia en su boda. Solo hubo una cosa que me extrañó, y es que los padres de Eddie solo estuvieron en la ceremonia de la boda, nos dieron la enhorabuena con seriedad (sobre todo el padre), y se fueron antes de la fiesta.

Los primeros momentos del matrimonio fueron muy felices. Yo pasaba el día arreglando la casa y esperando el momento en el que Eddie volviera para que todo fuera estupendo. Y cuando volvía del trabajo lo primero que hacía era darme un beso, como me gustaba ver en mis padres. Él era conmigo todo lo que había soñado siempre. Me trataba tan bien como mi padre trataba a mi madre, era lo que yo siempre quise. No teníamos mucho dinero, pero éramos felices. Bueno, había semanas en las que no había trabajo, pero normalmente los capataces le elegían a él para trabajar, porque era fuerte y trabajador, y por eso yo estaba muy orgullosa de él. Algunas veces, los sábados, salíamos a pasear, y él me contaba cosas de lo que pasaba en los muelles, o de sus compañeros.

Pero el tiempo pasaba, y yo no me quedaba embarazada, y eso comenzó a preocuparnos. Creo que primero me empezó a preocupar a mí, después de todo, ese era mi sueño, tener hijos. No entendía qué estaba haciendo mal, no lo podía entender. Poco a poco este hecho se fue haciendo más evidente y presente, aunque evitábamos hablar de ello. Y no solo me preocupaba por mí, sino también por él. Yo sabía que Eddie quería tener hijos, era mi deber como esposa dárselos, y no entendía porqué no podía cumplir este deber. Pero un día tuvimos que hablar del asunto. Eddie se portó bastante bien conmigo, y me dijo que solo era cuestión de intentarlo más. Así que cuanto más tiempo pasaba, más ganas tenía él de intentarlo, y yo lo evitaba, porque estaba convencida de que jamás podría darle un hijo, y cuanto más lo intentáramos, más evidente sería.

Y justo entonces, cuando mi estado de ánimo casi alcanzaba la desesperación, mi hermana Nancy volvió a Brooklin, con su hija Catherine y su marido Milles. Ella había ido a estudiar a la universidad, y allí había conocido a Milles. Se habían enamorado, y ella se había quedado embarazada antes de terminar la carrera. Así, Catherine nació en 1937, y a finales de 1938 Nancy y Milles se mudaron a Brooklin en busca de trabajo, a una casa de nuestro vecindario.

A partir de ese momento las visitas a la casa de mi hermana fueron algo fundamental en nuestra vida. Parecía que todo el amor que no podíamos darle a nuestros hijos, que no teníamos, lo volcábamos en nuestra sobrina Catherine. Íbamos mucho a cenar con ellos, y entonces Eddie siempre jugaba con la criatura y le hacía mil carantoñas, vaya, que Eddie la adoraba. Y cuando volvíamos a casa, siempre quería volver a intentar tener hijos, pero yo no quería, porque ya le había dicho que no lo lograría, y estaba más que harta de ese asunto.

En 1940 pasó una de las cosas más tristes de mi vida. Todo empezó una tarde de esas que íbamos a casa de Nancy y Milles. Estábamos cenando, y de repente oímos unos gritos en la casa de los Bolzano, los vecinos de enfrente. Poco a poco el ruido de los gritos fue aumentando, y se empezaron a oír también como cacharros rotos. Entonces el ruido salió al rellano de la escalera, y salimos para ver qué ocurría. Y lo que vimos fue horrible. Dios nos libre de volver a ver algo así. El padre de familia y los hermanos estaban sacando de la casa a golpes a uno de los hijos, Vinny, que no tendría más de 14 años. Entre todos le agarraron y le hicieron bajar los tres pisos por las escaleras, con la cabeza dando golpes como un coco. Eddie nos dijo a Nancy y a mí que entráramos, pero queríamos saber qué ocurría. Fue horrible ver aquello. Entonces Eddie preguntó a uno de los hermanos qué pasaba, y este le contó que tenían un tío escondido en casa y el chico había ido con el cuento a inmigración. Entonces Eddie lo entendió todo. Por fin Nancy, Catherine y yo nos metimos en la casa, y los hombres bajaron a ver qué pasaba. Nancy se puso a mirar por la ventana todo lo que ocurría, pero yo estaba abrazando a Catherine y consolándola, que estaba muy asustada, porque había oído los gritos, y visto lo que había ocurrido en el rellano. Así que Nancy me iba contando lo que sucedía. Debió de ser una escena horrible. El padre y los hermanos del chico le escupían y pegaban. Todo el vecindario lloraba. Pero él lo merecía.

Cuando todo pasó, Eddie y Milles subieron al piso. Pero subían discutiendo. Milles no podía entender a la familia de Vinny Bolzano. Por mucho que hubiese delatado a su propio tío, no entendía que le hicieran eso. Y Eddie trataba de explicarle lo que ocurría, y que la familia tenia razón. Intentaba explicarle que el chico había faltado al honor de la familia. Pero Milles no lo entendía. Volvimos a casa muy tarde, y Eddie estaba muy enfadado.

Uno de los días siguientes a lo de Vinny, Milles decidió ir a hacer un viaje a donde él nació, porque decía que necesitaba salir de ese ambiente en el que estaba en el vecindario. No nos entendía, y quería salir de allí unos días. Así que como iban a hacer un viaje largo en pocos días, nos dejaron a Catherine, que entonces tenía tres años y era pequeña para viajar. Eddie estaba encantado con la idea de cuidar de Catherine, y yo también. Y entonces fue cuando pasó: Mi hermana y su marido tuvieron un accidente, cerca de la ciudad. Milles murió en el acto, y a mi hermana la llevaron cuando agonizaba al hospital. Cuando fuimos a verla, lo que vimos fue terrible. Dios mío, todavía recuerdo su cara desfigurada por las heridas y llena de sangre. Pudimos hablar una última vez con ella. Y en esos últimos momentos, mi hermana nos pidió que criásemos a Catherine como si fuera nuestra propia hija. Eddie no pudo ni pensarlo, en el estado en el que se encontraba Nancy sería un deshonor decir que no. Él mismo dio su palabra de que cuidaría de Catherine y que tendría todo lo que merecía. Mi hermana murió poco después en aquel hospital.

La muerte de mi hermana fue dura para mí. Pero creo que lo más duro para los dos fue el hecho de que, al adoptar a nuestra sobrina, de alguna manera estábamos asumiendo que nunca podríamos tener un hijo propio. No lo hablamos, pero para nosotros fue una evidencia, y yo se lo notaba a él. A partir de entonces, Eddie se volcó en Catherine como si fuera su propia hija, y pasó a ser su prioridad. Se preocupaba mucho por ella, y cuando llegaba de trabajar, lo primero que hacía era preguntar por Katie. Y si volvía temprano, o no había trabajo, Eddie se ponía a jugar con ella. Yo creo que a Catherine cuando era pequeña no le faltó nada. Ella era la primera en la casa, eso era así. Si no había comida para todos, ella nunca se quedaba sin comer. Y tampoco le faltó cariño. En realidad yo misma también me volqué en ella. Me gustaba hacerle peinados bonitos y que fuera la más guapa de todas las niñas del barrio. Era un tesoro para nosotros.

Y Catherine fue creciendo, y la metimos en la escuela. Los dos estuvimos de acuerdo en que estudiara. Después de todo, su madre había sido universitaria. A Nancy le habría gustado que su hija estudiara. Así que Katie estudió. Y era muy buena estudiante, vamos, siempre era la mejor de la clase. Y Eddie estaba muy orgulloso de ella. Y todos los días le preguntaba qué había aprendido nuevo.

Pero supongo que en todas las casas hay problemas de vez en cuando. Nuestro mayor problema era cuando faltaba trabajo. Mi padre siempre le ofrecía trabajo a Eddie, pero él parecía querer demostrarle algo, y nunca trabajaba con mi padre. Bueno, de hecho a veces estaba sin trabajar por no aceptar que mi padre le diera trabajo. Vaya, que a veces faltaba el dinero por su cabezonería. Y yo no lo soportaba, estaba más que harta de ver que Eddie dejaba de aceptar un trabajo por el hecho de que se lo ofreciera mi padre. Yo a veces se lo decía, pero él se enfadaba. Me decía que si yo pensaba que él no podía trabajar sin la ayuda de mi padre, que si creía que era un holgazán. Por supuesto que yo no pensaba eso, pero no me gustaba ese rollo de no aceptar trabajo de mi padre.

Cuando más grave fue este problema, es cuando a mis padres se les quemó la casa. Ellos me pidieron quedarse a dormir en nuestra casa, porque no tenían dónde ir. Yo se lo dije a Eddie, y él dijo que sí. Pero noté que a él no le gustaba que mis padres estuvieran en su casa. Sobre todo mi padre. Bueno, en realidad Eddie hasta durmió en el suelo para que mis padres durmieran en cama. Pero yo le notaba raro, estaba muy picajoso, y evitaba a mi padre. Y mi padre, que estaba muy agradecido, iba detrás de Eddie diciéndole que ya nunca trabajaba con él, le decía que fuese tal día a descargar tal barco, pero Eddie siempre se negaba. Entonces, una tarde de las que todavía estaban mis padres en casa, fui a hablar con Eddie. Le dije que mi padre estaba muy agradecido de lo que estaba haciendo por él, y que tal vez debería aceptar trabajar con él de vez en cuando. Entonces Eddie se enfadó, y me dice que no vuelva a decirle ni una palabra del asunto. Yo le pedí perdón. Pero a partir de entonces ya no fue igual que siempre. Él se quejaba por todo, por cosas pequeñas que nunca se había quejaba. Y yo sabía que era por el asunto de mi padre, pero prefería no decir nada, porque sabía que si decía algo, volvería a enfadarse conmigo.

Catherine fue creciendo, y cuando tenía 14 años acabó el colegio. Entonces yo pensaba buscarla un novio, o un trabajo, como hacían las chicas americanas. Que saliera, para que empezase a ser más independiente. No tenía nada en contra de ella, pero era hora de que fuese saliendo. Ya iba siendo mayor. Ya iba siendo hora de que otra vez lo primero que hiciera Eddie al llegar a casa fuera darme un beso, y no preguntar por Katie, o recibir su abrazo. Además si seguía estudiando, las nuevas clases serían más caras, y nosotros no teníamos dinero suficiente. Pero Eddie decidió que la chica siguiera estudiando. Decía que le había prometido a su madre que cuidaría de ella, y que a ella le habría gustado que su hija estudiara más que el colegio. Que Katie al menos estudiara mecanografía, para que así pudiera trabajar en una oficina. A mí no me gustaba mucho la idea, pero lo acepté, por la memoria de mi hermana. Así que la chica siguió estudiando.

Pero las clases eran caras, y Eddie no siempre tenía trabajo. Entonces empezó una época muy dura para los tres. Había días que no teníamos qué comer. Cuando Eddie pasaba sin trabajar una semana, solo teníamos dinero para pagar las clases de Katie, así que había días que no teníamos nada que comer, y yo tenía que hacer alguna sopa con un hueso que ya había utilizado antes, o con perejil. Realmente pasamos hambre.

Entonces un día hablando con mi madre, me dice que padre va a dejar su puesto de estibador, que tiene ahorrado un dinero, y que va a poner un negocio, como siempre quiso hacer. Mi padre tenía un puesto importante, y yo sabía que él miraba con buenos ojos a Eddie, que no le importaría que fuese su sucesor. Yo sabía que podía buscarme un problema con Eddie, pero prefería hacer algo que morirnos de hambre. Así que fui donde mi padre y le pedí que recomendara a Eddie para su puesto de trabajo. Él me dijo que ya tenía pensado hacerlo.

En un par de semanas, cuando mi padre dejó su puesto de estibador, ascendieron a Eddie. A partir de entonces Eddie siempre tenía trabajo y no faltaba la comida en casa. Los problemas de dinero se solucionaron. Pero la gente empezó a hablar sobre cómo había conseguido el puesto Eddie, y él oyó comentarios. Creo que hasta llegó a ponerse violento con algún compañero de trabajo. Entonces Eddie viene y me pregunta si le he pedido a mi padre que le recomendara. Yo no quería decirle que sí, pero tampoco podía mentirle. Él se enfadó mucho conmigo, fue terrible. Nunca me pegó, pero habría preferido que me pegara a cómo me trató.

A partir de entonces yo siempre tenía miedo de pedirle las cosas claramente, y si quería algo, no le preguntaba, sólo lo hacía y luego intentaba que él lo entendiera. Esto le molestaba, pero yo no quería que se enfadara, así que intentaba convencerle sin que se diera cuenta de que le estaba intentando convencer de nada.

Pero al menos ya no pasábamos hambre. Mis preocupaciones eran otras. Reconozco que empezó a preocuparme la manera en la que Eddie trataba a Catherine. No entendía porqué no quería dejarla salir. Lo normal era que una chica de 16 años fuese al cine con sus amigas, saliese a la calle por las tardes. No se, que fuese más independiente, digo yo. Pero a Eddie no le gustaba que Katie estuviese en la calle. Se preocupaba mucho por ella. La seguía tratando como si fuera una niña. Pero claro, es que ella se seguía comportando como una niña. Yo intenté decírselo a los dos, pero hacían como que no oían. Y a mí me molestaba no ser la primera para Eddie. Porque no era normal que con 16 años la siguiera tratando así. Ya era una mujer, eso era así. Y era ella a la primera que abrazaba al llegar a casa. Se lo dije mil veces, pero la situación no cambiaba, seguían actuando de la misma manera.

De todas formas yo me llevaba muy bien con Catherine. Vaya, yo tenía que hacer de madre con ella. Así que cuando ella quería pedirle algo a Eddie, primero lo hablaba conmigo, y juntas pensábamos cómo convencerle. Como la primera vez que quiso salir por la tarde con sus amigas del colegio. Ella tenía miedo de pedírselo a Eddie, porque sabía que le diría que no. Así que me lo dijo a mí primero, y luego yo convencí a Eddie. Siempre lo hacíamos así.

Un día que yo había ido donde mi madre a pasar la tarde con ella, me dice que ha recibido una carta de unos primos de Italia, que dicen que quieren venir a América a trabajar porque en Italia no hay trabajo, y que Padre no puede darles trabajo. Me dice que si Eddie puede conseguirles un trabajo. Yo le dije que se lo preguntaría.

No sabía cómo preguntarle esto a Eddie. No quería tener más problemas con él. Un día mientras estábamos cenando, le pregunté si sabía cómo se hace para venir desde Italia y conseguir trabajo en los muelles. Él me explicó como se hacía, y luego me preguntó porqué quería saberlo. Yo le dije que por nada en especial, que bueno, que unos primos estaban pensando en venir y no sabían cómo se hacía. Entonces él dijo que a lo mejor podría hablar con Toni, que se dedicaba a traer chicos de Italia.

Como ví que Eddie cedía, les escribí diciendo que probablemente podrían venir a casa. Ya lograría yo convencer a Eddie. Y lo hice de la misma forma que logré que hablara con Toni. Le dije que si sabía de algún sitio donde pudieran quedarse, que no conocían a nadie. Él no quería decir que se quedaran en casa, pero yo sabía que lo estaba pensando. Así que cuando yo ya sabía que estaba convencido, le comenté que quizás pudiesen quedarse, solo al principio, en casa. Él puso mala cara y dijo que no, pero yo fui convenciéndole poco a poco. Al final aceptó que se quedaran con tal que pagaran un alquiler. Yo sabía que él y su sentido del honor no le permitirían hacer pagar a los primos, así que dije que sí y callé.

Desde que Eddie aceptó que los primos llegaran había más tensión todavía en el ambiente. Nos dijo mil veces lo que teníamos y lo que no teníamos que hacer. Estaba muy nervioso, supongo que los dos teníamos en la mente lo que le había pasado a Vinny Bolzano. Pero no lo decíamos. Era algo que no queríamos recordar. Teníamos miedo de que la familia pudiera partirse con la llegada de los primos.

Un día, al llegar de las clases, me dice Catherine que le han ofrecido un trabajo, que es en unas oficinas en Nostran Avenue, y que le pagaran 50 dólares a la semana. Entonces Catherine y yo, tal y como habíamos hecho tantas veces, pensamos un plan para convencer a Eddie.

Pero el día que se lo ibamos a decir...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

en la obra dice claramente que Eddie y Beatriz tienen dos hijos... asì que hay algun error en esta biografìa...

Anónimo dijo...

En la obra solo viven ellos tres no hay hijos

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